Mostrando entradas con la etiqueta relato. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta relato. Mostrar todas las entradas

sábado, 4 de abril de 2020

Una mirada (2007)




Sus ojos vidriosos trataban de sostener el cielo evitando que le cayera encima. Tirado permanecía en el piso, con su espalda sobre él. Su boca temblorosa se entreabría y se cerraba una y otra vez, mordiendo la ansiedad eternamente. Sus dedos intentaban apretar con mucha fuerza las palmas de las manos, intentando destruir a aquello que culpaba. Era en vano, el humo se escapaba entre las hendiduras más pequeñas de sus dedos.

El tiempo era generoso y alcanzaba a regalarle en su mente, unas ráfagas de aquello vivido. Caminaba sin rumbo en medio de casas vencidas por el calor, el viento y la lluvia, cubiertas con tejas rústicas y hechas con paredes que olían a barro seco y cal. Otras, la mayoría, estaban cubiertas de latas y cartón grueso. Las puertas eran de madera, descoloridas y aseguradas por fuera con cadenas gruesas y oxidadas en las que pendían candados de todos los tamaños.

Seguía avanzando, detallando ahora las casas que no tenían paredes. Tenían plásticos de diferentes colores, sostenidos por palos improvisados para dar privacidad a quienes adentro estaban. Afuera y más adelante, muchas personas estaban sentadas, paradas, acostadas en el piso. A partir de ahí no había nada que los protegiera. Nada de privacidad. Nada de intimidad. Eran personas, seres que aún eran y son humanos. Que soñaron algunas vez en sus vidas estar en cualquier lugar del universo, menos en el que se encontraban ahora.

Aún caminaba. Ya no podía sólo mirar. Sentía su espíritu incómodo, tratando de entender por que estaban esas vidas ahí. Veía muy poca vida. Sentía como si sus pensamientos fueran cayendo en una especie de pozo oscuro y estrecho. Cada vez más oscuro. Cada vez más estrecho. Hubiese querido que todo eso no fuera cierto. Pero ahí estaban: Las casas, las improvisadas y la gente, los que las habitaban y los que sin nada permanecían, quizá no vivían. Las personas, las que sobre el piso con sus ojos miraban fijamente a la nada, con frascos de vidrio o plástico de color amarillo o algún con objeto entre sus dedos que desprendían cualquier humo.

Su caminar ya era lento. El calor levantaba los olores nunca antes sentidos. Prefería cualquiera, antes que sentir aquel fétido y repugnante olor a excremento. Ahora veía a muchos de pie y haciendo fila con pedazos de cartón en sus manos. Avanzaban lento hasta llegar a una gran olla donde alguien servía con un cucharón en el cartón que sostenían. Alrededor basura. En medio ellos. Muchos seres humanos que no se distinguían uno del otro. Rostros curtidos, algunos cubiertos por largos y gruesos cabellos que cubrían sus caras. Vestidos con telas grises y oscuras. Parecían una producción en serie de máquinas de hacer hombres con muy poco o nada de aquello que se puede llamar vida.

El camino no parecía tener fin. Un mueble que fue inútil para alguien, ahora albergaba a uno de ellos. Una llama brotaba en medio de plástico y papel, iluminando la noche que había llegado y el frío que hacía unos minutos había espantado el calor. Mientras sus miradas seguían perdidas. Parecía que huyeran del mundo que no les había correspondido. Parecía él quien no estaba en vida.

En su avanzar ya lento, sintió que alguien se había percatado de su existencia. Lo miraban. Había una mirada de ilusión, una esperanza en una niña que aún vivía. Eran unos ojos grises llenos de una vida que el destino se encargaba de nublar. Algunas, quizás muchas lagrimas se habían encargado de encostrar mugre en sus mejillas.Uno que otro cabello, aún sin engrosarse como los demás, merodeaba sus labios resecos. En su mano agarraba un frasco lleno de una sustancia amarilla.

Sus pasos se detuvieron. Quedó paralizado ante la mirada. Su mente y su cuerpo ahora estaban detenidos en ella. Un remolino que envolvía su espíritu en aquella imagen que lo paralizó para el resto de su vida. Estaba en el lugar del laberinto donde no habría más salida. Bastó un instante para caer en lo que su vida hasta ese momento desconocía.

Ahora era él quien en un andén dormía. Ahora era su mirada la que en el infinito se perdía. Ya ese, no era un mundo ajeno, le pertenecía. Era su mundo. En aquel laberinto, jamás pudo encontrar una salida.

El tiempo ya no fue más generoso. Tirado en el piso, vio al cielo ponerse borroso. Borrosa su mente. Ahora el cielo se le caía encima.

Cuento escrito en el año 2007.

lunes, 2 de julio de 2018

El abrazo más lindo del mundo.



Era el campeonato mundial de fútbol en Rusia 2018. En el televisor se transmitía el partido entre Brasil y Suiza. Cada vez que aparecían los jugadores de Brasil en la TV, los señalaba con la mano empuñada y mi dedo pulgar hacia arriba mirando a mí hermano Davinson. Éste a su vez hacía un gesto de desagrado y moviendo su mano grande de manera brusca, la empuñaba y con su dedo pulgar también señalaba al mismo equipo, pero hacia el piso.

Tenía 8 años cuando me llegó la noticia: Lo bajaron del “Chirimoyo”. No entendía, -ni lo entiendo hasta ahora- que significaba la palabra “Chirimoyo”, pero sí entendía que al nacer mi hermano, podría perder la prioridad de las demostraciones afectuosas a las que mi mamá me tenía acostumbrado. A pesar de eso, sentía no tener ninguna preocupación, al contrario, me daba mucha felicidad poder tener alguien con quien poder compartir todas esas tardes eternas cuando jugaba sólo a ser un superhéroe. 

Ahora estiraba su dedo corazón hasta que se quedara erguido, hacia arriba, mientras el resto de los dedos los apretaba con la palma de su mano. Seguía señalando a los jugadores de Brasil. Al tiempo doblaba sus piernas hacia arriba con brusquedad. Las ruedas de la silla se movían levemente hacia atrás. Mi dedo pulgar seguía hacia arriba y le mostraba, ofreciéndole con la otra mano un billete de 2.000 pesos. En ese momento tiró su cabeza hacia atrás y sin mirarme, dejó de hacer el gesto con su mano y empujó las ruedas hacia atrás, alejándose, con la vista en otro lugar.

Fue mi tío quien me llevó al hospital del Barrio Alfonso López. Y cuando pude entrar hasta donde mi mamá, ahí lo vi: Chiquito. Muy chiquito. Arrugadito. Con los ojitos cerrados y un poquito brotados. Trigueñito. Sus piernitas chiquitas y flacas estaban dobladitas. El asombro me duró algún tiempo. Nunca había visto a alguien tan chiquito.
Fue creciendo y no entendía muy bien porque no pronunciaba mi nombre. Tampoco entendía por qué mi mamá y mi padrastro siempre lo cargaban, a pesar de poder caminar como los demás niños. Sin embargo eso no era problema. La pasábamos jugando en la cama y peleábamos con un oso de peluche que intentaba tirarme hacia un abismo lleno de culebras. Pero ahí estaba mi hermano: Siempre me salvaba agarrándome duro del brazo, para no dejarme caer.
Pasaba el tiempo y veía a mi mamá intentando todo: clara de huevo crudo en las rodillas, caldo de palomo, terapias en un instituto especial. Mil cosas, mil formas, mil amores de ella y de toda mi familia. Quería y queríamos todos que el niño pudiera caminar. Soñé un día verlo correr y jugar conmigo en la sala de la casa. Así fue creciendo y nos empezamos a acostumbrar verlo desde su silla regalando abrazos y sonrisas a todo el que veía. 

El partido seguía. Me fui hacia él mientras le mostraba el billete y le insistía mostrándole el dedo pulgar sobre la misma imagen. Frunció su seño como pocas veces lo hace y empuñó su mano derecha. Después se distensionó, pero ante mi acoso, templó sus brazos y con una mano estiró un dedo al frente y en la otra estiró dos. Al tiempo cerraba su boca y hacía un gesto de “mimado” típico cuando un niño está a punto de llorar. Me mostraba un 1 y un 2, con tristeza.

 
No nos dimos cuenta cuando dejó de ser niño. Y aprendió desde su silla, con movimientos bruscos a punta de señas a hacer muchas cosas. También a comunicar muchas otras. No se paró de la silla. Entendí luego que una meningitis lo había dejado sentado para siempre. Se entretenía viendo televisión, especialmente los canales de deporte. Principal y luego exclusivamente, canales de fútbol. Al ver a mi hermano menor y a mí con la afición por la selección Colombia, terminó amando a esos once hombres que corren por un balón con ese uniforme que tiene una figura de balón en la parte del pecho sobre el lado izquierdo.
Por estos días del mundial de fútbol, cuando llego a visitarlo, siempre sale en su silla y después de una sonrisa y de abrir sus brazos para que me le vaya encima, me muestra un círculo irregular que logra hacer, tocando la punta de su dedo índice y su dedo pulgar de la mano derecha, en el lado izquierdo de su pecho. Una de las emociones más grandes que tiene es cuando juega la selección Colombia. Ama la selección Colombia.

No entendía lo que me quería decir mostrándome un uno y un dos con sus manos, hasta que hizo el gesto de mimado, de lamento. Entendí perfectamente lo que me estaba diciendo. Claro, Colombia 1, Brasil 2. Perdimos con ellos en el mundial 2014. Se acordaba. Jamás iba poner el dedo pulgar hacia arriba cuando aparecen los jugadores de Brasil. No hubo remedio, le di los 2.000 pesos. Me regaló su sonrisa y luego, el abrazo más lindo del mundo.

domingo, 21 de agosto de 2016

Mi oceáno pacífico

El mar que no conocía era un charquito,
comparado con este tanque de lavadero
donde bañé horas eternas jugando con barquitos de papel.
Ahora que lo miro, no hay Duda:
Era mi océano pacífico.

viernes, 25 de marzo de 2016

Caminando en el tiempo



La mano tosca y de uñas despintadas aprisionaban la chiquita, la de aquel bracito que se extendía en su totalidad para servir de lazo y evitar quedarse atrás, en el caminar lento para ella y de mucha velocidad para él.

El polvo se levantaba con cada paso, y el pequeño con la mirada en el piso, aprovechaba para patear cuanta piedrita se apareciera en su camino. Era su juego favorito en esas tardes de largo caminar. El sol se arrojaba con todas sus fuerzas sobre el cabello negro y medio ondulado de ella, quien ocupaba su otra mano con una pesada bolsa de plástico.

A esa hora nadie acompañaba el andar por el camino irregular entre arbustos y tierra seca. El olor fétido de las aguas negras empezaba a llegar con el poco viento a medida que avanzaba en el camino. Uno que otro grillo cantaba, casi armonizando cada paso dado.

Sólo faltaba atravesar el canal de aguas negras por encima del puente de madera para llegar a las casas hechas de madera, con sus techos irregulares de lámina , plásticos y tejas de barro. Muchos niños corretiaban, saltaban piedras y montículos para saludar al chiquillo que aún era sostenido con la misma fuerza por la mano que no lo aflojaba. Descalzos, con la cara gris del sudor y el polvo mezclado, corrían despavoridos por todas las calles improvisadas con huecos zanjados que servían para sacar el agua en tiempos de lluvia.

Sin detenerse, ella seguía al ritmo de su paso, atravesando ahora las casitas de madera, algunas con los lavaderos de ropa en el frente, otras con sus puertas hechas con tablas. Ahora el estaba suelto y corría, seguro de la dirección que debía seguir.  Pasaba en frente su casa y llegaba justo donde ell camión acababa de botar el material reciclado.

La caminata había terminado para ella, quien llegaba derecho a la cocina para encender la estufa de petróleo, a esa hora del día ya debía estar listo el almuerzo. El chico también terminaba: se arrojaba de cuerpo entero sobre la montaña de hojas, alambres, plásticos y miles de cositas que servían para reciclar. Era la máxima aventura jamás vivida.


Años después otros niños corretean, saltan piedras y montículos, descalzos y con la cara gris del sudor y el polvo que se mezclan. Ahora ella no camina mucho, no hay estufas de petróleo y el puente no es de madera. Mientras, un hombre ve a sus hijos arrojarse de cuerpo entero sobre una montaña de pelotas de plástico. Es para ellos la aventura máxima jamás vivida.


Sígueme en Twitter: @ALEXCAMINA

domingo, 9 de agosto de 2015

Nubes de sapitos.



Algunas nubes jugueteaban formando figuras de animales al ritmo del viento sobre el inmenso fondo azul. Atento y sin perderle vista, competía con mis primos al que primero lograra identificar las figuritas que recién se formaban: Ballenas, conejos y sapitos. Sí muchos sapitos hechos de nubes. Los tres permanecíamos tirados, extendidos boca arriba sobre el volco del camión, al lado de las palas y con algunos muchos granitos de arena que se deslizaban al vaiven del andar de la volqueta.

La volqueta frenaba toscamente. Nos sacudía a lado y lado, y nos dejaba amontonados en cada parada. siempre pasaba acompañado de un ruido gaseoso, algo así como un chorro de aire que sonaba cada vez que paraba. Las nubes se nos perdían, aunque las volvíamos a encontrar en forma de sapitos cada que volvíamos a quedar mirando hacia arriba.

Las casas y los edificios quedaban atrás. La carretera pavimentada también. Las nubes no nos dejaban de acompañar, las risas tampoco. Ahora ya no nos amontonabamos, ahora saltabamos cada que la volqueta bajaba un hueco y subía un montículo. Se sentía como si estuvieramos en una montaña rusa, poco extrema, pero parecía.

Nos parabamos rápido para bajarnos y ahora apostabamos al que primero lo hiciera. Las llantas sin rodar eran el último escalón. Las nubes seguían en el cielo, pero ahora nos emocionaba correr y correr. Saltar piedras, patear arena, recoger palos, coleccionar piedras. Mientras, sonaba el rastrillo de la pala cuando entraba en la arena húmeda. También sonaban los miles de granitos que salían de la pala e iban llenando poco a poco el lugar donde minutos antes permanecíamos tirados. Pero ningún sonido era más fuerte que los chillidos de cientos de sapitos que habían alrededor.

Dos hombres metían la pala con fuerza a la arena, la sacaban y la alzaban con fuerza para seguir llenando el volco. Uno de ellos era mi papá. El conductor con la espalda en la puerta de su volqueta, permanecía quieto, vigilante. Se encontraba con sus brazos cruzados sobre su pronunciado estomago y sus largos pies bien abiertos, vigilando las paladas de la arena y de reojo a nosotros. Era mi tío.

Varios sapitos saltaban entre la arena y la humedad casi al tiempo que nosotros también lo hacíamos. Ahora mirabamos al piso y no al cielo. Con un trozo de la rama de un árbol jugabamos a empujar a los sapitos. Yo me empecinaba con uno de ellos. Lo empujaba cada vez más fuerte, haciendolo girar bruscamente como si fuera una pelota. Así lo hice muchas veces, hasta que el sapito dejó de moverse. No sabía lo que había pasado, el sapito ya no saltaba, ya no croaba. Mi tío que vigilante estaba, si sabía lo que había pasado y lo había advertido a  mi papá. No se en que momento el mismo trozo de la rama ahora estaba en la mano de mi papá.

El volco estaba lleno. Ahora mi papá y el otro hombre se encaramaban y se acomodaban sobre la arena. Me costaba abrir la puerta de latas para entrar a la cabina. subía primero que mis primos. Era la última aventura, ya sin emociones. Al lado se subía mi tío, en frente del timón. El tosco sonido del motor se sentía con fuerza, al girar las llaves. También se escuchaban las latas de las puertas y del volco.


Algunas lágrimas aún permanecían en mis mejillas. En mi piernita derecha apenas empezaba a verse uno que otro morado. Sentía dolor en mi pierna,  aunque más me dolía mi corazón, por que ya el sapito no existía. La rama del árbol seguía en la mano de mi papá, que estaba encima del volco. Ahora ya no habían nubes. Ya no habían juegos. Ya el sapito nunca más volvería a saltar, nunca más volvería a croar. Se había ido para siempre a formar otra de las muchas nubes, que aparecerían al otro día en el cielo. 

martes, 5 de febrero de 2013

Llantos de Satinga.


Crónica.

Tito sollozaba. Sus ojos lentamente se ponían brillosos y miraba asustado a su alrededor. Su padre sentado, atento, leía torpemente cada uno de los números que estaban anotados en unas hojas amarillas y ajadas en cuatro partes iguales. Sus seis hermanos esperaban afuera en la sala de estar. Dos sillas grandes eran suficientes para todos. En silencio abrían sus ojos hasta más no poder, y detallaban minuciosamente cada objeto del lugar al que habían llegado.

Tito lloraba. Su madre intentaba cargarlo, pero él se le escurría de los brazos. Mientras, su padre narraba los tres días que duró el viaje desde Bocas de Satinga. Afuera dos costales y una maleta al lado de uno de los sillones parecían vigilar a sus hermanos. No había voces, no había risas, no había juegos.

Tito gritaba. Se revolcaba en el piso. Su padre interrumpía la declaración para auxiliar a la esposa, quien intentaba calmarlo. Sus seis hermanos no se inmutaban. Su madre se quedaba sentada mirándolo en silencio. Era inútil. A sus dos añitos de vida parecía sentir el mundo que se le había ido y el que le había llegado.

En enero una pareja con sus siete hijos, obligados a dejar sus tierras, víctimas del conflicto armado interno, llegaron a Cali.

jueves, 21 de junio de 2012

La Procesión se lleva por dentro


Este reportaje lo realicé hace algunos años, cuando era estudiante de comunicación. ahí les comparto.


Una canción de Rocío Durcal alcanzaba a escucharse desde la calle, mientras el taxi se estacionaba. El vestido impedía a Saís bajarse con algo de comodidad, pues le apretaba desde la cintura hasta la parte media de las piernas; de ahí en adelante se anchaba y el largo llegaba hasta los tobillos, justo donde una ligera correa apretaba los zapatos de altos tacones.
“Ay, déme la mano por favor”, suplicaba estirando su brazo a Edgar, quien se había bajado segundos antes. Por la otra puerta, Alexa se bajaba mucho más rápido: unos jeans semiajustados hasta un poco más debajo de las rodillas y una blusa sin mangas, le permitía maniobrar con mayor facilidad, a pesar de la considerable altura de los tacones de sus zapatos.


Unos Dientes Muy Blancos.
La calle estaba bien iluminada y contrastaba con la oscuridad que emergía desde el interior de una puerta pequeña que se hallaba completamente abierta. En la entrada estaban dos hombres altos y corpulentos vestidos de negro, quienes, además de cobrar, registraban a las personas que quisieran ingresar. Aunque la apariencia de aquellos guardianes atemorizaba, uno de ellos sonreía con mucha confianza y de repente daba un efusivo saludo a Alexa. Era de piel negra y tenía menos de un centímetro de pelo apretado en su cabeza, su nariz era chata y tenía labios gruesos. Una ligera barba quería invadir parte de su rostro y los tonos oscuros contrastaban conlos dientes, muy cercanos al color blanco. Esta blancura se debía en parte a que días antes había visitado el consultorio dental, recibiendo el último tratamiento después de varias sesiones.
“Espero que sigas cuidando tus dientes. Dentro de seis meses pides cita”, le decía Alexa, previo a una amable despedida.

Hacía dos años trabajaba en la Clínica Santiago de Cali, y su estabilidad laboral satisfacía las expectativas económicas.Se entregaba a su labor de odontólogay ese desempeño la había consolidado en el puesto. El lado gris de su trabajo estaba enlos conflictos que a diario afrontaba con los compañeros.
“Allá (refiriéndose al lugar de trabajo), me tienen mucha envidia. Ese es el problema de nosotras las mujeres. Siempre andamos pendiente de lo que no nos compete. Pero yo no me la dejo montar”.  No se dejaría en ningún caso, y eso era una de las causas de la antipatía que reflejaba en el trabajo. Sólo se llevaba bien con Claudia, aunque no eran muy estrechas las relaciones de confianza.


La ilusión de lo que pudo haber sido.
Al entrar, se topaban con unas escaleras circulares que conducían a una especie de sótano. A medida que bajaban cuidadosamente los escalones, el sonido de la música se intensificaba, al tiempo que se percibían algunos destellos de luces que provenían de abajo. Ello generaba ansiedad y justo antes de llegar a la última curva, sonó el celular de Alexa, era su madre, doña Flor, quien la llamaba para preguntar por unas pastas.
“Ay mami, las deje en la mesa de los libros, la café”. Respondía con algo de rabia ante la inoportuna llamada de su madre.

La señora Flor tenía aproximadamente unos 60 años y su excesiva masa corporal, era la causa de algunos problemas de salud. Dependía de la pensión militar que había dejado su difunto esposo hace 21 años.Pero más que eso, dependía de Alexa, pues su segundo hijo, ya había hecho vida aparte y su hija menor se había ido de la casa hacía tres años. Alexa, la mayor, era entonces “la jefe” del hogar, la que cuida de su madre. En muchas ocasiones recibía inoportunamente llamadas de su madre, y esto le molestaba cada vez que sucedía.

Siempre fue privilegiada en su familia, fortuna ganada por representar la primera persona en ser nieta, sobrina e hija a la vez.  “Desde la barriga sabía que era mujer.Me decían que las niñas eran mas perezosas y que se movían a partir de los seis meses, si se movía antes era niño”, contaba doña Flor. Trajecitos, cobijitas de lana, muñecas y varios ajuares color rosa adornaban la habitación de la nena próxima a llegar a éste mundo. La señora Flor y su familia, no tenían duda del género y esperaban con emoción la llegada de aquel nuevo ser.

Todo marcharía normalmente sino fuera por que la personita que llegó al mundo era fisiológicamente un niño. Pero, tal como lo dice La señora Flor, “siempre supe que era mujer. Cuando tenía un añito, lloraba por que no le ponía el vestido de una amiguita. Una vez se lo puse y se puso a llorar todo el día... Cuando estaba en tercero de primaria, todos los niños se tomaron una foto y él se diferencio por el sentado. Se sentó así” (representaba una posición donde ambas piernas están juntas semi-estiradas, hacia el lado izquierdo, mientras su mano derecha se apoya en el piso. Tal como una sirena.).

Aunque toda la familia daba por hecho que Alex era homosexual (delatado por sus gestos, movimiento, gustos y voz), Alexa sólo era visible para su madre, que había dejado atrás todos los prejuicios y discriminaciones que la sociedad impone culturalmente a quienes tienen ésta condición.

 Alex no sería la excepción, y su etapa de desarrollo la afrontó con muchas dificultades: “Yo sentía desde siempre mis actitudes femeninas, pero me sentía muy mal con mi papá y mi familia.” Disimulaba el caminado, engrosaba la voz y fingía actitudes varoniles, queriendo agradar a su familia, pero sobre todo a su padre, con quien sentía una vergüenza indescriptible. “El papá, si la tuvo con Psicólogo y se preocupaba mucho. Yo si lo acepté…” admitía con serenidad doña Flor.

Pero esto no era lo único que lo atormentaba, pues sufría las consecuencias de una sociedad que ha heredado los mandatos de una absurda moral religiosa, y ha impuesto durante siglos unos preceptos discriminatorios coartando la libertad del ser. Insultos, burlas y atropellos se topaban con Alex muy a menudo. “evitaba salir, prefería estar encerrado antes de que atormentaran en la calle”. Un delincuente sufriría igual, temería igual.

Su madre también sufría, “… Me dolía mucho, por que en ese tiempo atacaban muchos a los homosexuales”. Fruncía el ceño y deseaba hallar a aquellas personas que alguna vez ofendieron a su hijo. Seguía contando las dificultades que generaba el hecho de ser homosexual, en plena infancia de su hijo, “Había un periódico que se llamaba Vea, que es así como el Q´Hubo, Allí a cada nada salía noticias de que habían matado un travesti, o una peluquera… los mataban a piedra o los torturaban… eso antes era horrible”. Siempre asimiló la condición de su hijo, y ahora es la única en la familia quién guarda con sigilo su secreto.


“El Tiqui tiqui, es para amenizar esto”

Al girar, luces de colores encandelillan la vista y decenas de personas se encuentran sentadas, concentradas en lo que sucede en la pista de aquel sitio.Era el momento del Show. Una nueva balada reemplazaba a la de Rocío Durcal. Alguien se hallaba en la pista representando la canción que sonaba. Un cabello rojizo y largo hasta la cintura; un  maquillaje extravagante que levanta las cejas y magnifica los ojos; un vestido ceñido que brilla con el reflejo de la luz y unos zapatos de tacón alto, hacen parte del vestuario de aquel hombre que goza ser mujer, en un lugar donde nadie cuestiona (al contrario disfruta) su condición.

Tres horas antes Alexa era Alex. Alex tiene 29 años. Es de estatura media, blanco y su escaso cabello es de color negro. Su cuerpo delgado favorece los vestuarios que luce y sus facciones de hombre delicado le ayudan a consolidarse como una mujer hermosa. Había llegado como todos los fines de semana –previo a la rumba- a la casa de Saís. Llegaba con un maletín que contiene normalmente dos trajes, maquillaje, zapatos de tacón alto y dos pelucas.

“Me da pena maquillarme en mi casa, delante de mi mamá… Además puede llegar alguno de mis hermanos a un amigo o alguien de la familia. No!, no me imagino”. Pero sí se lo imaginaba. Tenía miedo, el miedo al rechazo, a la injuria. Los problemas del trabajo eran suficientes, y su familia era una especie de resguardo que habría que cuidar. No quería perder su refugio.Era precisamente por ello que siempre se vestía de Alexa en un lugar diferente a su casa.

Otros amigos también llegan al mismo lugar y se reúnen hasta tres o cuatro para acompañarse en el proceso de maquillaje.
Base, Polvos, labiales, pestañas y uñas postizas, lápiz de ojos, pelucas, tacones, fajas, vestidos, pulserasy escarcha, son apenas algunos elementos que ayudan al proceso de transformación.

Casi tres horas (tiempo en que dura el proceso) se acompañan de charlas, burlas, anécdotas, y el infaltable “Tiqui Tiqui”, que es simplemente beber aguardiente durante éste proceso.
“El Tiqui Tiqui es para amenizar esto. Siempre tenemos que empezar con el Tiqui Tiqui, así nos prendemos y llegamos bien rico a la discoteca”. Dice “La Bailarica”, mientras una espuma café se esparcía sobre su rostrouna crema del mismo tono.Es que es mucho tiempo dedicado a la transformación, como para evitar amenizarla.


La Procesión tiene un descanso.

Cuando el Show acaba, la música invita a la pista. La gente se vuelca en desbandada a bailar, sin importar si el género, raza o edad de la pareja. Luces que van y vienen, licor, cigarrillos y quizá droga, se dispersan con un ímpetu parecidoal agua cuando ha vencido la resistencia del dique.

“La procesión se lleva por dentro”, decía Edgar, minutos antes dentro del taxi, hablando de su experiencia de vida, quizá de muchos, quizás de todos… Pero el vía crucis se interrumpe, la cruz se deja en el piso por un instante. Quizá sean momentos de descontrol, acciones desmesuradas donde los moralismos atacan con juicios. Pero ante un mundo que aún reprime, que aún juzga y discrimina a los homosexuales, la discoteca (con todos sus componentes, incluyendo el Show) es el paraíso, el descanso, donde la emancipación se materializa, cobra vida. La procesión tiene un descanso.

Crónica radial: Los hombres que miran al piso.

Crónica que retrata la vida una persona que vive en la calle. A diario lucha por sobrevivir, mientras que un periodista aventurero quiere una entrevista para indagar acerca del hambre.

Recortes del documental La Ilusion. Momentos...

Trailer Documental La Ilusión

El tema de la desilusión escolar tiene su origen en una investigación desarrollada desde el campo de la sociología. Se trata de indagar aspectos del sistema educativo, haciendo énfasis en aquellos estudiantes que asisten a la institución, pero no les agrada la parte académica. Es lo que he llamado desilusión, otro tipo de deserción escolar, pues a pesar de que sus cuerpos están presentes, su mente vaga en busca de otras ilusiones.

Trailer Documental La marcha

El 6 de marzo de 2008 se llevo a cabo una marcha “En contra de los crímenes de Estado y los asesinatos de los paramilitares” convocada por el Movimiento nacional de las victimas de los crímenes de Estado. A esta marcha se unieron organizaciones sindicales, educativas, del sector de salud, desplazados, familiares de las victimas y grupos en defensa de los derechos humanos, entre muchos otros. Estas personas fueron asesinadas cuando buscaban reivindicar u organizar a sus comunidades con el fin de mejorar el acceso a las Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI). Reivindicaciones que pretendían cambiar las condiciones de vida de personas como Don Juan y Puener.

Una canción desesperada

Vídeo que muestra el dilema causado por los humanos, debido al atropello cometido con los demás seres vivos... Libres los matamos, presos los desesperamos, hasta la muerte...

Hakuna Matata

Ejercicio de montaje, que anima a los personajes del vídeo Hakuna Matata... El propósito es describir elementos particulares de la Zuricata y el Tatabro.

Buscando a Marcela. Radionovela

Ejercicio de montaje: Remembranza

Ejercicio académico que busca representar la teoría de Kulechov: “El efecto Kuleschov puede definirse como cualquier serie de planos que en ausencia de un plano de situación lleve al espectador a deducir todo el espacio a partir de la visión solamente de porciones de ese espacio”.

El espejo, Sonoviso

El sonoviso es un trabajo especializado en la fotografía, donde interviene el sonido, como un elemento clave para la narratividad. El espejo narra la historia de Jimmy, un hombre común y corriente que se encuentra a sí mismo algunas noches...