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lunes, 3 de mayo de 2021

Qué está pasando en Colombia?

 


La tragedia de una pandemia, la tragedia de la pobreza y la tragedia de una reforma tributaria del gobierno, que nos llevará a lo más profundo del abismo. Alexánder Camacho Erazo.

lunes, 2 de julio de 2018

El abrazo más lindo del mundo.



Era el campeonato mundial de fútbol en Rusia 2018. En el televisor se transmitía el partido entre Brasil y Suiza. Cada vez que aparecían los jugadores de Brasil en la TV, los señalaba con la mano empuñada y mi dedo pulgar hacia arriba mirando a mí hermano Davinson. Éste a su vez hacía un gesto de desagrado y moviendo su mano grande de manera brusca, la empuñaba y con su dedo pulgar también señalaba al mismo equipo, pero hacia el piso.

Tenía 8 años cuando me llegó la noticia: Lo bajaron del “Chirimoyo”. No entendía, -ni lo entiendo hasta ahora- que significaba la palabra “Chirimoyo”, pero sí entendía que al nacer mi hermano, podría perder la prioridad de las demostraciones afectuosas a las que mi mamá me tenía acostumbrado. A pesar de eso, sentía no tener ninguna preocupación, al contrario, me daba mucha felicidad poder tener alguien con quien poder compartir todas esas tardes eternas cuando jugaba sólo a ser un superhéroe. 

Ahora estiraba su dedo corazón hasta que se quedara erguido, hacia arriba, mientras el resto de los dedos los apretaba con la palma de su mano. Seguía señalando a los jugadores de Brasil. Al tiempo doblaba sus piernas hacia arriba con brusquedad. Las ruedas de la silla se movían levemente hacia atrás. Mi dedo pulgar seguía hacia arriba y le mostraba, ofreciéndole con la otra mano un billete de 2.000 pesos. En ese momento tiró su cabeza hacia atrás y sin mirarme, dejó de hacer el gesto con su mano y empujó las ruedas hacia atrás, alejándose, con la vista en otro lugar.

Fue mi tío quien me llevó al hospital del Barrio Alfonso López. Y cuando pude entrar hasta donde mi mamá, ahí lo vi: Chiquito. Muy chiquito. Arrugadito. Con los ojitos cerrados y un poquito brotados. Trigueñito. Sus piernitas chiquitas y flacas estaban dobladitas. El asombro me duró algún tiempo. Nunca había visto a alguien tan chiquito.
Fue creciendo y no entendía muy bien porque no pronunciaba mi nombre. Tampoco entendía por qué mi mamá y mi padrastro siempre lo cargaban, a pesar de poder caminar como los demás niños. Sin embargo eso no era problema. La pasábamos jugando en la cama y peleábamos con un oso de peluche que intentaba tirarme hacia un abismo lleno de culebras. Pero ahí estaba mi hermano: Siempre me salvaba agarrándome duro del brazo, para no dejarme caer.
Pasaba el tiempo y veía a mi mamá intentando todo: clara de huevo crudo en las rodillas, caldo de palomo, terapias en un instituto especial. Mil cosas, mil formas, mil amores de ella y de toda mi familia. Quería y queríamos todos que el niño pudiera caminar. Soñé un día verlo correr y jugar conmigo en la sala de la casa. Así fue creciendo y nos empezamos a acostumbrar verlo desde su silla regalando abrazos y sonrisas a todo el que veía. 

El partido seguía. Me fui hacia él mientras le mostraba el billete y le insistía mostrándole el dedo pulgar sobre la misma imagen. Frunció su seño como pocas veces lo hace y empuñó su mano derecha. Después se distensionó, pero ante mi acoso, templó sus brazos y con una mano estiró un dedo al frente y en la otra estiró dos. Al tiempo cerraba su boca y hacía un gesto de “mimado” típico cuando un niño está a punto de llorar. Me mostraba un 1 y un 2, con tristeza.

 
No nos dimos cuenta cuando dejó de ser niño. Y aprendió desde su silla, con movimientos bruscos a punta de señas a hacer muchas cosas. También a comunicar muchas otras. No se paró de la silla. Entendí luego que una meningitis lo había dejado sentado para siempre. Se entretenía viendo televisión, especialmente los canales de deporte. Principal y luego exclusivamente, canales de fútbol. Al ver a mi hermano menor y a mí con la afición por la selección Colombia, terminó amando a esos once hombres que corren por un balón con ese uniforme que tiene una figura de balón en la parte del pecho sobre el lado izquierdo.
Por estos días del mundial de fútbol, cuando llego a visitarlo, siempre sale en su silla y después de una sonrisa y de abrir sus brazos para que me le vaya encima, me muestra un círculo irregular que logra hacer, tocando la punta de su dedo índice y su dedo pulgar de la mano derecha, en el lado izquierdo de su pecho. Una de las emociones más grandes que tiene es cuando juega la selección Colombia. Ama la selección Colombia.

No entendía lo que me quería decir mostrándome un uno y un dos con sus manos, hasta que hizo el gesto de mimado, de lamento. Entendí perfectamente lo que me estaba diciendo. Claro, Colombia 1, Brasil 2. Perdimos con ellos en el mundial 2014. Se acordaba. Jamás iba poner el dedo pulgar hacia arriba cuando aparecen los jugadores de Brasil. No hubo remedio, le di los 2.000 pesos. Me regaló su sonrisa y luego, el abrazo más lindo del mundo.

sábado, 27 de junio de 2015

Todos Humanos. Todos Colombia.




Las calles son amarillas. Las personas, los carros, las motos, las casas, los negocios, los perros. Es bello el amarillo. Todos queremos ser amarillo.
El ruido de los pitos y las vuvuzelas ensordece el ambiente. Extraño, pero ensordece de una manera amable. Brusco para los oídos, pero todos queremos escuchar el ruido.
Mujeres, niños, jóvenes, hombres, adultos mayores (y los muy mayores)... Todos sonríen. Todos. Nadie se queja.
Se debe planear, todos planean: En casa con familia, en el restaurante, en el bar, en la oficina, en la calle, afuera de la casa. Todos planean.
Llega la Hora. Todo en silencio. Todos pegados a una pantalla.
Negros, blancos, indios, mestizos.
Altos, bajitos, enanos.
Hombres, mujeres, bisexuales, homosexuales.
Ricos, pobres, clase media.
Derechistas, izquierdistas, centralistas, anárquistas, apolíticos.
Católicos, Cristianos, Pentecostales, protestantes, ateos.
Gritos y Goles. Lamentos y euforia.
Al final, Todos Humanos. Todos Colombia.

domingo, 17 de noviembre de 2013

Las Guerras de Colombia.

Hace algún tiempo pensaba que la verdadera guerra era aquella que vivían las miles de personas que a diario caminan sobre el asfalto buscando algo para llevar a su familia y tener algo para comer. Me refería a una guerra de seres humanos con escasos recursos económicos, La guerra contra el desempleo, la guerra contra la falta de oportunidades, la guerra contra el abandono. Pero sobre todo, me refería a la guerra contra el hambre. Esa era la guerra de la que hablaba.

Una guerra invisible, aquella que poco se muestra por los noticieros. Una guerra provocada por las necesidades básicas insatisfechas para la gran mayoría de la población (Según cifras del DANE el 64% de la población en Colombia viven en condición de pobreza). Hoy pienso igual: Sí, es una guerra. La tragedia que viven miles de hermanos colombianos, con hambre y con pocas oportunidades de salir vencedores.

Pero debo admitir hoy que aquella guerra de la que hablan los noticieros, el gobierno y de la que hablan la mayoría, es significativamente dolorosa para otra gran parte de miles de hermanos colombianos: 5.600.000 víctimas a causa del conflicto armado.

Cinco millones seiscientos mil es un número crudo y visto en letras frío, más que crudo. Pero dentro de ese número, hay almas. Seres humanos que despojados de su vida, han sido reducidos a la mínima expresión de lo que significa existir (Sí es que aún existen). Casi que a diario llegan desplazados a las ciudades principales.

Personas que su vida entera la han dedicado a tirar semilla, acostumbrados al olor de la tierra, al ruido de los pájaros y vacas, al sol que acaricia sus frutos, llegan a la ciudad. Al asfalto, al humo, al ruido de los carros, al lugar donde hay gente que se viste con corbata. Algunos llegan asustadizos, como ardillas atrapadas en la jaula de cemento. Temerosos de las personas y despojados absolutamente de su mundo material.

Personas que terminan acostumbrándose a su única pierna, viudas eternas que lloran cada fosa con la ilusión de encontrar los restos de quien algún día salió sin volver, niños que desdibujan su mundo con paredes de cemento que encierran la ilusión de correr libres por los campos, mujeres  con su pudor derrotado por una guerra eterna…

Cinco millones seiscientos mil quizá sea poco… para el valor del dolor de todos los que han sufrido la barbarie de esta guerra. Así y a pesar de todos los miles de millones de pesos que invierte el gobierno para reparar, siguen apareciendo víctimas y más víctimas.

Pensando bien, esta también es una guerra invisible. No tanto para el gobierno, ni para los medios de comunicación, paradójicamente pienso que sí es invisible para la mayoría gente de la ciudad, quien se muestra insensible muchas veces frente a una persona desplazada. Pero más que a ellos, parece una guerra invisible para algunos sectores políticos. Invisible por su actitud de propiciar más la guerra, invisible por propender más en inversión de armas, invisible sobre todo, por ser enemigos de unos diálogos, que a pesar de todos sus cuestionamientos, podrían redundar en un paz, parcial quizás en esta guerra, inútil quizá en la primera guerra a la que hago referencia, pero paz al fin y al cabo, que podría disminuir algo de lo que vivimos tristemente en nuestro país.

Mi conclusión es sencilla, quizá poco sabia, pero es esta y no otra: En Colombia no hay una guerra, son dos. Ambas cruentas, ambas crueles, ambas invisibles y ambas con enemigos: Políticos y sectores de la sociedad que evitan la paz.

Por eso es evidente que cualquier intento de evitar un asomo de paz en alguna de ellas, es un claro y evidente intento de homicidio o genocidio. Si no apoyamos la paz, apoyamos la guerra, y sí apoyamos la guerra, quiere decir que estamos de acuerdo con los muertos, con el sufrimiento, el dolor de muchos, el dolor de esos 5.600.000 más el dolor de una cifra indescifrable de los tantos miles que viven en la urbe en medio de la miseria.

Apoyar la paz es un deber. Pero la apoyamos no sólo con la simple voluntad de hacerlo. La apoyamos cuando hacemos una labor comunitaria, cuando nos solidarizamos con acciones que brinden espacios de felicidad, cuando respetamos a los demás. Pero más la apoyamos, cuando votamos por un gobierno responsable con la vida, enemigo de la guerra como discurso, pues finalmente es el gobernante quien puede tener en su decisión, políticas de estado para aportar a la paz.






viernes, 1 de noviembre de 2013

CONGELANDO LA VIDA.

Galería fotográfica en blanco y negro.
Acto simbólico que hace un llamado a la Paz y la Reconciliación.













































9 de septiembre, Plazoleta del Barrio Guayaquil
Santiago de Cali, 2013.

martes, 27 de agosto de 2013

ODA A UNA REVOLUCIÓN




Policías del Escuadrón Antidisturbios golpean a un joven salvajemente en la cabeza, hieren a una anciana en su rostro, vuelan la mano de un campesino.

El expresidente que antes reprimía la protesta social por medio de “manos oscuras”, ahora las utiliza a su favor para ganar adeptos y así, las elecciones del próximo año.

Un juez ordena frágilmente y después de muchos días, que un joven millonario vaya a la cárcel después de haber asesinado a dos mujeres cuando conducía borracho. Aún no tiene condena.

Una señora que conozco y que vive en un rancho con su hija menor de edad, al salir de su trabajo de aseadora, es capturada por la fiscalía y condenada por ser “cabecilla de una red internacional de tráfico de personas”. Su famillia hace rifas para pagar un abogado.

Nicaragua, después de ganar un “litigio” internacional, nos quita una importante proporción del mar Caribe… y quiere más.

En enfrentamientos, mueren guerrilleros y militares. Todos de familias humildes.

Los diálogos de paz hacen un alto… suspenso, luego se reanudan.

Se pudren miles de kilos de frutas y son arrojadas en extensos campos sin uso alguno.

Doña Blanca de aproximadamente 60 años, está con su hermana mayor en el hospital, debido a que ha sufrido una fractura de cadera. Mientras en su casa, su madre y su hija de 12 años, Esperan ayuda de los vecinos para tener que comer.


Derraman miles de litros de leche.

martes, 13 de agosto de 2013

Un saludo de Jaime Garzón



“No es la muerte la que disuelve el amor.
Es la vida, la que disuelve el amor.”
Héctor Abad.

“Buenas noches soldado, que duerma” Me dijo después de bajar la ventanilla de su carro para asomar su cabeza. Eran un poco más de las 12 de la noche, estaba prestando el servicio militar obligatorio en el Batallón Guardia Presidencial y me había tocado el turno en el palacio de Nariño. A esa época y con mis apenas 18 años ya conocía y admiraba a Jaime Garzón.

No me perdía su programa ZOOCIEDAD y que decir el noticiero QUAC. Su picardía y su ingenio estaban ganando poco a poco a miles de colombianos como yo, que gozábamos de su carisma y de esa sonrisa pegajosa. Pero tras ese toque de humor inevitable en su rostro, estaba lo mejor de él: Una manera particular de ver nuestro país, como muy pocos se atrevían a verlo, pero sobre todo a expresarlo en voz alta.

Este profesional en Ciencias políticas y Comunicador Social, se atrevía a mirar no sólo la triste realidad del panorama político de nuestro país en ese entonces (y que poco ha cambiado), sino que además invitaba a transformarlo, a soñar con uno diferente a partir de las pequeñas acciones, por medio de la risa infalible y de sus personajes que representaban el colombiano común y corriente, el que nunca es protagonista.

No se reducía a la denuncia o a la queja, sino que construía. Construía con el lustrabotas, con la empleada de servicios, con el vigilante o con la cocinera del palacio. Y esto era lo más valioso, porque en medio de todo, construir sobre las ruinas, es la tarea más difícil, y esto engrandecía su labor.Pero construir en un mundo como el nuestro donde muchos quieren destruir, no sólo es una tarea titánica, sino que puede ser un delito o un pecado, donde se puede condenar la vida en un juicio absurdo, como tantos miles de los que hay en Colombia.

Aún escucho su famoso discurso realizado en Cali a unos estudiantes de comunicación social, aún veo el mico colgado de las letras de ZOOCIEDAD, aún me deleito viendo lustrar zapatos a su personaje mueco y bien peinado.

Jaime Garzón se alejaba en su carro. Enmudecido sólo atiné a bajar el poste después de pasar el vehículo. Me quede lelo viendo como se alejaba y se perdía en el horizonte. No iba a dormir esa noche y él lo sabía. Pero su saludo es un saludo que aún recibo, y que habrán recibido miles de colombianos, como un legado para seguir intentando construir en medio de las ruinas.

lunes, 8 de octubre de 2012

El eterno tema de La Paz



Recuerdo ver a mi tía haciendo el dibujo de una paloma con tiza en el andén de nuestra casa.  La amiga de al lado hacía lo mismo en el de la suya. Era muy niño y por esos días veía palomas en los comerciales y noticieros de la televisión. La gente marchaba en las calles con carteles mostrando al ave en medio de los colores de nuestra bandera. Por mi corta edad, no entendía muy bien de que se trataba todo eso, sólo lo relacionaba con una palabra: La Paz.
Era la paloma de la paz. El presidente Belisario Betancourt había instalado mesas de negociación y por ese entonces el sueño de nuestro país era tener a la paloma en cada una de nuestras casas, de nuestras vidas. Como niño, y como muchos soñaba con la paz, aunque no comprendiera muy bien porque se necesitaba.
Pasaron más de una decena de años, estudiaba en la Universidad Sociología y el tema de la paz volvía a ser protagonista principal en las calles de los barrios. Ya mi tía había fallecido, además nadie dibujaba palomas en los andenes. El presidente Andrés Pastrana había retirado al ejército de San Vicente del Caguán y las FARC estaban gobernando sin obstáculos militares, en ese pequeño terruño de nuestro país. Todo ello a cambio de propiciar unos diálogos, entre ellos y el gobierno para llegar a unos acuerdos y lograr la paz.
Ahora sí entendía algo acerca de la guerra. Entendía que los intereses económicos y el abuso de la oligarquía habían obligado a algunos corajudos campesinos a esconderse en las montañas a tomar las armas y con ello llegaba la guerra del fuego cruzado en los campos y veredas: la de La Fuerzas Militares contra los grupos subversivos. Luego que los ganaderos se habían armado para enfrentar a las guerrillas, completando con los dos anteriores un tridente de terror para la gente del campo. Todo esto obligaba a los campesinos o indígenas dedicados a sus tierras abandonar sus fincas y llegar a las ciudades en condiciones difíciles de supervivencia. Esta era la guerra de la que tanto hablaban los noticieros y el gobierno. Sin embargo mis dudas sobre el tema de la paz persistían. ¿Qué significaría la paz para Colombia? La respuesta era muy fácil para el gobierno y para los medios de comunicación: el cese al fuego y la entrega de armas por parte de las FARC. (Hablo de las FARC, tal como los medios y el gobierno, siendo consciente que hay otros grupos, como los paramilitares y el ELN, por ejemplo)
Hoy, en las redes sociales encuentro avisos, caricaturas y fotografías que hablan de la paz. Ya mis años de pregrado en la universidad habían terminado y en medio de la docencia, la investigación y el trabajo con las comunidades, el tema de la paz era cada vez más difícil de resolver. Han pasado un poco más de diez años desde que en el Gobierno de Pastrana nos hablaran del tema, y en esta oportunidad, el presidente Juan Manuel Santos es quien ha propiciado los espacios de diálogos a realizarse en Oslo, donde Cuba y Noruega son países garantes en dichas conversaciones.
En medio de tantos intentos de diálogos, las acciones militares de uno u otro bando seguían acabando con la vida de miles de campesinos (incluso de indígenas) y gente de escasos recursos que se vistieron de guerrilleros, militares o paramilitares (o simplemente se vistieron de gente). Pero además, en las calles de las ciudades el narcotráfico y la delincuencia común también acababan con las vidas de otros miles de ciudadanos: Carros bomba, Asesinatos a sindicalistas y líderes revolucionarios, Asesinatos por robos o situaciones entre pandillas juveniles, etc. Mientras que otro gran porcentaje vivía a diario en medio de la miseria, sin empleo y buscando de cualquier forma conseguir algo para la comida del día.
Estas serían otras “guerras”, o sea otras necesidades de paz. Por supuesto que es importante de que los famosos diálogos lleguen a felices acuerdos. Ello garantizaría el silenciar los fusiles en los campos y con ello, que el presupuesto de la guerra disminuya y se aumente la inversión social. Digamos que ello sería la apuesta e ilusión de los que miramos aún con esperanza el tema de la paz institucional (ilusión doble por demás: La paz y políticas posteriores de afianzamiento social). Quedaría resuelto apenas un tema, y ¿los otros?
De los otros temas de paz no nos hablan los medios, ni el gobierno, ni nadie. A pesar que a diario vemos en los noticieros gente que asesinan por ajuste de cuentas, por robo o simplemente gente que lucha día a día por llevar una comida a su casa, el tema es sobre la otra paz. No hablan de la paz que garantice el cese de hostilidades que nos ha acompañado a los que hemos crecido en los sectores populares, en contra de aquellos que viven a diario su propia “guerra”: La señora que vende mangos en el semáforo, el niño que limpia vidrios obligado por adultos, el señor que sale todos lo días a vender puerta a puerta… Una minoría de ejemplos para quienes su enemigo es su propio destino, y un gobierno que prefiere invertir más en armas para llevar a los campos, que incrementar la inversión para evitar las otras “guerras”.
Nací, crecí y viví escuchando el tema de los diálogos de paz. Ahora mi presente no es la excepción. Pero la ilusión del niño que veía pintar las palomas con entusiasmo se ha diluído. Y no por que menosprecie el impacto de los acuerdos a lo que se puedan llegar y los consiguientes cambios o beneficios sociales, sobre todo para la gente del campo. Si no por que he crecido siendo testigo de las otras “guerras” de las que el gobierno y los medios poco nos habla.
Desearía llegar a la vejez y no escribir sobre el tema de la paz. Lo único cierto hoy es que mi tía no existe, tampoco las palomas dibujadas en los andenes, y en las esquinas el tema del fútbol o el de los realitys no alcanzan a ser desplazados por el de los diálogos de paz.

Crónica radial: Los hombres que miran al piso.

Crónica que retrata la vida una persona que vive en la calle. A diario lucha por sobrevivir, mientras que un periodista aventurero quiere una entrevista para indagar acerca del hambre.

Recortes del documental La Ilusion. Momentos...

Trailer Documental La Ilusión

El tema de la desilusión escolar tiene su origen en una investigación desarrollada desde el campo de la sociología. Se trata de indagar aspectos del sistema educativo, haciendo énfasis en aquellos estudiantes que asisten a la institución, pero no les agrada la parte académica. Es lo que he llamado desilusión, otro tipo de deserción escolar, pues a pesar de que sus cuerpos están presentes, su mente vaga en busca de otras ilusiones.

Trailer Documental La marcha

El 6 de marzo de 2008 se llevo a cabo una marcha “En contra de los crímenes de Estado y los asesinatos de los paramilitares” convocada por el Movimiento nacional de las victimas de los crímenes de Estado. A esta marcha se unieron organizaciones sindicales, educativas, del sector de salud, desplazados, familiares de las victimas y grupos en defensa de los derechos humanos, entre muchos otros. Estas personas fueron asesinadas cuando buscaban reivindicar u organizar a sus comunidades con el fin de mejorar el acceso a las Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI). Reivindicaciones que pretendían cambiar las condiciones de vida de personas como Don Juan y Puener.

Una canción desesperada

Vídeo que muestra el dilema causado por los humanos, debido al atropello cometido con los demás seres vivos... Libres los matamos, presos los desesperamos, hasta la muerte...

Hakuna Matata

Ejercicio de montaje, que anima a los personajes del vídeo Hakuna Matata... El propósito es describir elementos particulares de la Zuricata y el Tatabro.

Buscando a Marcela. Radionovela

Ejercicio de montaje: Remembranza

Ejercicio académico que busca representar la teoría de Kulechov: “El efecto Kuleschov puede definirse como cualquier serie de planos que en ausencia de un plano de situación lleve al espectador a deducir todo el espacio a partir de la visión solamente de porciones de ese espacio”.

El espejo, Sonoviso

El sonoviso es un trabajo especializado en la fotografía, donde interviene el sonido, como un elemento clave para la narratividad. El espejo narra la historia de Jimmy, un hombre común y corriente que se encuentra a sí mismo algunas noches...