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sábado, 4 de abril de 2020

Una mirada (2007)




Sus ojos vidriosos trataban de sostener el cielo evitando que le cayera encima. Tirado permanecía en el piso, con su espalda sobre él. Su boca temblorosa se entreabría y se cerraba una y otra vez, mordiendo la ansiedad eternamente. Sus dedos intentaban apretar con mucha fuerza las palmas de las manos, intentando destruir a aquello que culpaba. Era en vano, el humo se escapaba entre las hendiduras más pequeñas de sus dedos.

El tiempo era generoso y alcanzaba a regalarle en su mente, unas ráfagas de aquello vivido. Caminaba sin rumbo en medio de casas vencidas por el calor, el viento y la lluvia, cubiertas con tejas rústicas y hechas con paredes que olían a barro seco y cal. Otras, la mayoría, estaban cubiertas de latas y cartón grueso. Las puertas eran de madera, descoloridas y aseguradas por fuera con cadenas gruesas y oxidadas en las que pendían candados de todos los tamaños.

Seguía avanzando, detallando ahora las casas que no tenían paredes. Tenían plásticos de diferentes colores, sostenidos por palos improvisados para dar privacidad a quienes adentro estaban. Afuera y más adelante, muchas personas estaban sentadas, paradas, acostadas en el piso. A partir de ahí no había nada que los protegiera. Nada de privacidad. Nada de intimidad. Eran personas, seres que aún eran y son humanos. Que soñaron algunas vez en sus vidas estar en cualquier lugar del universo, menos en el que se encontraban ahora.

Aún caminaba. Ya no podía sólo mirar. Sentía su espíritu incómodo, tratando de entender por que estaban esas vidas ahí. Veía muy poca vida. Sentía como si sus pensamientos fueran cayendo en una especie de pozo oscuro y estrecho. Cada vez más oscuro. Cada vez más estrecho. Hubiese querido que todo eso no fuera cierto. Pero ahí estaban: Las casas, las improvisadas y la gente, los que las habitaban y los que sin nada permanecían, quizá no vivían. Las personas, las que sobre el piso con sus ojos miraban fijamente a la nada, con frascos de vidrio o plástico de color amarillo o algún con objeto entre sus dedos que desprendían cualquier humo.

Su caminar ya era lento. El calor levantaba los olores nunca antes sentidos. Prefería cualquiera, antes que sentir aquel fétido y repugnante olor a excremento. Ahora veía a muchos de pie y haciendo fila con pedazos de cartón en sus manos. Avanzaban lento hasta llegar a una gran olla donde alguien servía con un cucharón en el cartón que sostenían. Alrededor basura. En medio ellos. Muchos seres humanos que no se distinguían uno del otro. Rostros curtidos, algunos cubiertos por largos y gruesos cabellos que cubrían sus caras. Vestidos con telas grises y oscuras. Parecían una producción en serie de máquinas de hacer hombres con muy poco o nada de aquello que se puede llamar vida.

El camino no parecía tener fin. Un mueble que fue inútil para alguien, ahora albergaba a uno de ellos. Una llama brotaba en medio de plástico y papel, iluminando la noche que había llegado y el frío que hacía unos minutos había espantado el calor. Mientras sus miradas seguían perdidas. Parecía que huyeran del mundo que no les había correspondido. Parecía él quien no estaba en vida.

En su avanzar ya lento, sintió que alguien se había percatado de su existencia. Lo miraban. Había una mirada de ilusión, una esperanza en una niña que aún vivía. Eran unos ojos grises llenos de una vida que el destino se encargaba de nublar. Algunas, quizás muchas lagrimas se habían encargado de encostrar mugre en sus mejillas.Uno que otro cabello, aún sin engrosarse como los demás, merodeaba sus labios resecos. En su mano agarraba un frasco lleno de una sustancia amarilla.

Sus pasos se detuvieron. Quedó paralizado ante la mirada. Su mente y su cuerpo ahora estaban detenidos en ella. Un remolino que envolvía su espíritu en aquella imagen que lo paralizó para el resto de su vida. Estaba en el lugar del laberinto donde no habría más salida. Bastó un instante para caer en lo que su vida hasta ese momento desconocía.

Ahora era él quien en un andén dormía. Ahora era su mirada la que en el infinito se perdía. Ya ese, no era un mundo ajeno, le pertenecía. Era su mundo. En aquel laberinto, jamás pudo encontrar una salida.

El tiempo ya no fue más generoso. Tirado en el piso, vio al cielo ponerse borroso. Borrosa su mente. Ahora el cielo se le caía encima.

Cuento escrito en el año 2007.

viernes, 25 de marzo de 2016

Caminando en el tiempo



La mano tosca y de uñas despintadas aprisionaban la chiquita, la de aquel bracito que se extendía en su totalidad para servir de lazo y evitar quedarse atrás, en el caminar lento para ella y de mucha velocidad para él.

El polvo se levantaba con cada paso, y el pequeño con la mirada en el piso, aprovechaba para patear cuanta piedrita se apareciera en su camino. Era su juego favorito en esas tardes de largo caminar. El sol se arrojaba con todas sus fuerzas sobre el cabello negro y medio ondulado de ella, quien ocupaba su otra mano con una pesada bolsa de plástico.

A esa hora nadie acompañaba el andar por el camino irregular entre arbustos y tierra seca. El olor fétido de las aguas negras empezaba a llegar con el poco viento a medida que avanzaba en el camino. Uno que otro grillo cantaba, casi armonizando cada paso dado.

Sólo faltaba atravesar el canal de aguas negras por encima del puente de madera para llegar a las casas hechas de madera, con sus techos irregulares de lámina , plásticos y tejas de barro. Muchos niños corretiaban, saltaban piedras y montículos para saludar al chiquillo que aún era sostenido con la misma fuerza por la mano que no lo aflojaba. Descalzos, con la cara gris del sudor y el polvo mezclado, corrían despavoridos por todas las calles improvisadas con huecos zanjados que servían para sacar el agua en tiempos de lluvia.

Sin detenerse, ella seguía al ritmo de su paso, atravesando ahora las casitas de madera, algunas con los lavaderos de ropa en el frente, otras con sus puertas hechas con tablas. Ahora el estaba suelto y corría, seguro de la dirección que debía seguir.  Pasaba en frente su casa y llegaba justo donde ell camión acababa de botar el material reciclado.

La caminata había terminado para ella, quien llegaba derecho a la cocina para encender la estufa de petróleo, a esa hora del día ya debía estar listo el almuerzo. El chico también terminaba: se arrojaba de cuerpo entero sobre la montaña de hojas, alambres, plásticos y miles de cositas que servían para reciclar. Era la máxima aventura jamás vivida.


Años después otros niños corretean, saltan piedras y montículos, descalzos y con la cara gris del sudor y el polvo que se mezclan. Ahora ella no camina mucho, no hay estufas de petróleo y el puente no es de madera. Mientras, un hombre ve a sus hijos arrojarse de cuerpo entero sobre una montaña de pelotas de plástico. Es para ellos la aventura máxima jamás vivida.


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domingo, 9 de agosto de 2015

Nubes de sapitos.



Algunas nubes jugueteaban formando figuras de animales al ritmo del viento sobre el inmenso fondo azul. Atento y sin perderle vista, competía con mis primos al que primero lograra identificar las figuritas que recién se formaban: Ballenas, conejos y sapitos. Sí muchos sapitos hechos de nubes. Los tres permanecíamos tirados, extendidos boca arriba sobre el volco del camión, al lado de las palas y con algunos muchos granitos de arena que se deslizaban al vaiven del andar de la volqueta.

La volqueta frenaba toscamente. Nos sacudía a lado y lado, y nos dejaba amontonados en cada parada. siempre pasaba acompañado de un ruido gaseoso, algo así como un chorro de aire que sonaba cada vez que paraba. Las nubes se nos perdían, aunque las volvíamos a encontrar en forma de sapitos cada que volvíamos a quedar mirando hacia arriba.

Las casas y los edificios quedaban atrás. La carretera pavimentada también. Las nubes no nos dejaban de acompañar, las risas tampoco. Ahora ya no nos amontonabamos, ahora saltabamos cada que la volqueta bajaba un hueco y subía un montículo. Se sentía como si estuvieramos en una montaña rusa, poco extrema, pero parecía.

Nos parabamos rápido para bajarnos y ahora apostabamos al que primero lo hiciera. Las llantas sin rodar eran el último escalón. Las nubes seguían en el cielo, pero ahora nos emocionaba correr y correr. Saltar piedras, patear arena, recoger palos, coleccionar piedras. Mientras, sonaba el rastrillo de la pala cuando entraba en la arena húmeda. También sonaban los miles de granitos que salían de la pala e iban llenando poco a poco el lugar donde minutos antes permanecíamos tirados. Pero ningún sonido era más fuerte que los chillidos de cientos de sapitos que habían alrededor.

Dos hombres metían la pala con fuerza a la arena, la sacaban y la alzaban con fuerza para seguir llenando el volco. Uno de ellos era mi papá. El conductor con la espalda en la puerta de su volqueta, permanecía quieto, vigilante. Se encontraba con sus brazos cruzados sobre su pronunciado estomago y sus largos pies bien abiertos, vigilando las paladas de la arena y de reojo a nosotros. Era mi tío.

Varios sapitos saltaban entre la arena y la humedad casi al tiempo que nosotros también lo hacíamos. Ahora mirabamos al piso y no al cielo. Con un trozo de la rama de un árbol jugabamos a empujar a los sapitos. Yo me empecinaba con uno de ellos. Lo empujaba cada vez más fuerte, haciendolo girar bruscamente como si fuera una pelota. Así lo hice muchas veces, hasta que el sapito dejó de moverse. No sabía lo que había pasado, el sapito ya no saltaba, ya no croaba. Mi tío que vigilante estaba, si sabía lo que había pasado y lo había advertido a  mi papá. No se en que momento el mismo trozo de la rama ahora estaba en la mano de mi papá.

El volco estaba lleno. Ahora mi papá y el otro hombre se encaramaban y se acomodaban sobre la arena. Me costaba abrir la puerta de latas para entrar a la cabina. subía primero que mis primos. Era la última aventura, ya sin emociones. Al lado se subía mi tío, en frente del timón. El tosco sonido del motor se sentía con fuerza, al girar las llaves. También se escuchaban las latas de las puertas y del volco.


Algunas lágrimas aún permanecían en mis mejillas. En mi piernita derecha apenas empezaba a verse uno que otro morado. Sentía dolor en mi pierna,  aunque más me dolía mi corazón, por que ya el sapito no existía. La rama del árbol seguía en la mano de mi papá, que estaba encima del volco. Ahora ya no habían nubes. Ya no habían juegos. Ya el sapito nunca más volvería a saltar, nunca más volvería a croar. Se había ido para siempre a formar otra de las muchas nubes, que aparecerían al otro día en el cielo. 

viernes, 20 de junio de 2014

El cielo era gris.



DISTRITO DE AGUABLANCA, Cali, Colombia 1986.

El sonido repetido de un balde que raspaba el piso con agua me despertó. Me senté en la cama para ponerme las chanclas que no estaban en el lugar donde las había dejado. Flotaban. La puerta estaba abierta y el viento helado que entraba solo era obstruido por mi mamá, que acurrucada intentaba sacar el agua con un balde. Levanté el toldillo y me bajé de la cama. De inmediato sentía como si miles de hormiguitas se me subían por los pies. Caminaba pateando el agua hasta llegar a la cocina para coger un jarrón metálico vacío. A esa hora aún  la mechita que salía del frasco transparente lleno de alcohol seguía encendida. 

Salía de la casa y el cielo aún gris, desprendía una que otra gotica. Mi mamá seguía en su tarea. Ya casi no quedaba agua dentro. Arrastraba el agua de la calle con los pies hasta llegar a la esquina de la casa. Habían unas cinco personas una detrás de otra. Yo era el único niño y era la sexta. Sentía frio. Mientras esperaba, distraía la mirada en los cientos de renacuajos que en el piso buscaban desesperados no quedar náufragos en medio de los lugares que iban quedando con poca agua. Veía también a mis vecinos a la entrada de sus casas como en una coreografía: inclinados y con balde en mano espantando la humedad de sus casas. Llegaba mi turno y me inclinaba sobre el grifo de agua para poner la jarra dentro. Un chorro fuerte lo llenaba rápidamente.

Entraba de nuevo a casa directamente hasta la cocina. Un mesón hecho con dos tablas y cuatro palos sostenía una estufa pequeña y redonda. Me fijaba que tuviera petróleo en la base. Con mis deditos sacaba algunas mechitas para que sobresalieran de la lata y luego las encendía.  Ponía encima el jarrón y le echaba un pedazo de panela dentro.
Mientras el agua se calentaba, un ligero olor a petróleo empezaba a mezclarse con el de tierra mojada. Una lagartija hacía movimientos rápidos sobre la pared de esterilla. Sentía cosquillas en la vejiga y salí corriendo hacia el baño. Con alguna dificultad abrí la puerta pesada de madera. El sentadero estaba hecho con palos y la humedad que lo cubría me obligó a permanecer de pie. Rápidamente me bajé la parte delantera de la pantaloneta y un chorrito amarillo salió con fuerza. Me gustaba verlo caer en ese inmenso hueco oscuro y casi sin fondo. Me gustaba el sonido de la caída con eco…

En la cocina mi mamá vaciaba el aguapanela caliente en un pocillo agrietado. Ya su misión había sido cumplida y ahora el piso que antes era pantanoso se había convertido en fango. Con pequeños sorbos tomaba el agua dulce y mordía pedazos de pan. Mi mamá hacía lo mismo. Sentía frío. Apretaba el pocillo con ambas manos y sentado en la banca veía como del cielo gris se desprendía una que otra gota. Mi mamá miraba al cielo y luego me miraba a mí. De repente ya no era una que otra gotica, eran muchísimas goticas.

jueves, 12 de junio de 2014

La Foto de Juliana.



Fijaba su mirada largos minutos frente al espejo. Sus ojos negros brillantes parecían congelados fijándose en el polvillo rosado que recién caía sobre sus mejillas. Bajaba lentamente su mirada y se detenía en los labios gruesos recién coloreados de rojo intenso. Los encogía apretando sus dientes con la boca abierta mientras un pincel bordeaba sus líneas casi de manera perfecta.

El rito estaba a punto de terminar. Estiraba sus manos y evitaba rozar sus uñas con cualquiera de los frasquitos que amontonaba en la mesita, mientras cogía las llaves. Al ponerse de pie, el corto vestido que le apretaba su cuerpo se le subía bruscamente. Casi de inmediato las palmas de sus manos intentaban en vano bajarlo hasta más no poder.  Unos tres pasos acompañados con el sonido que producía un tacón alto bastarían para llegar a la puerta.

Era la misma hora del  mismo día, que eran todos los días. Un reloj dentro de un círculo plateado colgado en la pared mostraba el número nueve y luego el cuarenta y tres. Aquel viernes algo detendría su impulso:

-Mami, ¿a qué hora vuelves?
El caminar de Camila se detendría, y sin mirar hacia atrás respondía golpeando cada palabra pronunciada con su acento:
-¿Qué haces despierta Juliana? Duérmase rápido.

Como todas las noches, Juliana permanecía con la cara hacia arriba y con la mirada fija en el techo, cubierta con la cobija hasta la parte final del cuello. Sus ojitos estaban bien abiertos, sombreados por sus largas y curvas pestañas. La luz amarilla del bombillo seguía iluminando la habitación, como toda la noche y madrugada, como todas las noches y madrugadas.

-Mami, siempre te vas en la noche y me dejas solita.

Un suspiro y un giro súbito hicieron que ahora Camila detuviera la mirada en los ojos de su pequeñita. No habían palabras. Sus ojos se inundaban progresivamente mientras empuñaba las llaves en una de sus manos. Recién se atragantaba sus palabras, y de nuevo un giro la ponía frente a la puerta, que abrió y cerró bruscamente. Ya Camila no estaba en el cuarto, que se quedaba con la luz encendida y los ojitos de Juliana bien abiertos, sombreados por sus largas y curvas pestañas.

El reloj mostraba el número seis, después un punto encima del otro y luego un número cuarenta y tres. La luz del bombillo amarillo a esa hora era vencida por la claridad del día. La puerta del cuarto se abría y se cerraba de nuevo. Esta vez un ligero chirrido reemplazaría la brusquedad con que se había cerrado antes la puerta.

A esta hora poco le importaba a Camila que tan arriba estaba el vestido. Sobre la mesa, algunos frasquitos se caían con el golpe de las llaves que recién habían sido arrojadas. Su rostro se había desprendido de los polvillos de la mejilla y del grasoso color que repintaba sus labios.

Torpemente se quitaba los tacones con la ayuda de los pies. De manera sigilosa y desequilibrada llegaba hasta la cama para sentarse en la orilla y luego estirar lentamente su cuerpo. Sollozaba.

El frío de su cama la hacía estremecerse y acurrucar su cuerpo cruzando las manos para apretarlas con sus rodillas. Como todas las mañanas y después de unos segundos, estiraba su mano derecha para bajar la cobija que permanecía en la misma posición. Agarraba la foto de medio cuerpo, y la apretaba en su pecho. En ella, los ojitos de Juliana permanecían bien abiertos, sombreados por sus largas y curvas pestañas.  

martes, 19 de marzo de 2013

EL AVIONCITO



Ya no estás, pero quiero contarte que aún vuelo, me estrello con las nubes, acompaño a los pájaros,  me como el viento, atravieso el sol y duermo en la luna.
DISTRITO DE AGUABLANCA, CALI, 1986.

Con un balde vacío entre sus cortas piernas esperaba paciente. Habían unas 15 personas delante, una tras otra. Un diminuto carro de plástico colgaba de una de sus manos, mientras que con curiosidad asomaba su cabeza para ver como el primero de la fila ponía su balde debajo del grifo. Miraba el agua que caía a borbotones, hasta que un fuerte ruido del cielo obligaba a que inclinara su cabeza, y sus ojos se clavaran en el avión que volaba encima de todos.

La noche de navidad era su ilusión. Sabía, como todos los niños que algo llegaría para él. Acostumbraba a jugar con otros niños en un lote donde llegaban las volquetas llenas de materiales para reciclar. Corría y con emoción buscaba y rebuscaba juguetes entre recortes de revistas, alambres de cobre o latas de cervezas.

Con el balde lleno y su carrito en el bolsillo, las dos manitos se aferraban en la manija para alzarlo y caminar torpemente llevándolo en medio de sus piernas hasta su casa. Sus pies empezaban a mojarse con las diminutas olas que se formaban en cada paso dado sobre el piso tosco y polvoriento.

Sus juegos más emocionantes eran correr tras las volquetas que llegaban a tirar toda clase de materiales que luego eran recogidos para llevarlos a la chatarrería que había por su casa. Sólo el ruido que aparecía en el cielo todas las tardes era capaz de frenar ese impulso y congelar su mirada inclinada hacia arriba.

El balde llegaba con el agua a la mitad hasta la cocina de su casa. La oscuridad y los zancudos empezaban a invadir el entorno y sólo eran espantados por una mecha encendida que se escapaba por un roto de la tapa puesta en un frasco lleno de petróleo. Con la misión cumplida, sacaba el carrito de su bolsillo para emprender otra de sus aventuras, esta vez solitario y casi en la penumbra.

Con el ruido de los grillos y chicharras, llegaban los pasos de su papá, resonando en la tierra. Su corazoncito acelerado, lo empujaba para salir a recibirlo. Un abrazo era lo único que llegaría para él, tan grande, que era suficiente como para dejar de soñar con lo que anhelan tanto los niños una noche de navidad. La ilusión se iba con el ruido que se apagaba en el cielo.

Mientras algunos niños jugaban con un juguete nuevo, el pequeño estaba de nuevo en la fila, con el balde en el piso y su carrito en la mano. De nuevo el sonido de los aviones lo desconcentraban y sus ojos brillaban mientras los veía recorrer las carreteras del cielo. Soñaba llegar sin caminar torpemente con un balde entre las piernas, soñaba corretear encima de las nubes y jugar a atravesarlas manejando su propio avión.

Esa tarde no llegaría hasta la cocina con el balde hasta la mitad con agua. Al entrar a su casa, en la sala, estaba su tía. Los bracitos soltaban el balde para lanzarse sobre ella. La tía traía consigo una cajita que le entregó después de un abrazo y una cargada. Abrirla fue cuestión de segundos. Su emoción le hizo olvidar las veces que le tocaba ir una y otra vez por el balde con agua hasta la esquina de su casa para que su mamá pudiera cocinar, lavar la ropa y hacer el jugo. Ahora gozaba la vida abalanzando el juguete en el aire por toda la casa hasta salir a la calle. Ahora podría volar, estrellarse con las nubes, acompañar a los pájaros, comerse el viento, atravesar el sol y dormir en la luna. la cajita estaba marcada:
para: Alex… 
de: niño Dios. 

Aún lo conservo. 

lunes, 23 de julio de 2012

Mañana me irá mejor.

Mañana me irá mejor.
Cuento.
Por Alexánder Camacho Erazo.


 A todos aquellos que perdieron sus vidas en los campos 
 y renacieron muriendo en las ciudades. 

La tierra del piso se desborona en cada pisada. En tiempos de lluvia se traga los zapatos y los pies descalzos de los niños que corretean sobre los charcos. El calor hace que la tierra se convierta en polvo y se respira todo el tiempo un aire amarillento que envuelve todo lo que hay a su alrededor. Cuando llega la noche, aparecen nubes ventiladas por miles de zancudos, a la vez que el silencio se espanta con el coro eterno de cientos de chicharras. Los perros permanecen echados debajo de los pies de las señoras que acostumbran a sentarse en la entrada de sus casas y los niños corretean serpenteando por las casas. 

Algunas casas están hechas de bahareque estucado con barro. Sus techos están remendados con latas y cartones gruesos acuñados con piedras para evitar que el viento los levante. La mayoría de las puertas mantienen abiertas, dejando que la esperanza entre y salga a su antojo. Las irregulares calles tienen unas pequeñas zanjas a los lados que sirven como desagüe en tiempos de lluvia. Los patios traseros colindan con los frentes de las otras casas y entre ellas un piso desnivelado de angosto tamaño es el camino, donde sólo podrían caminar hasta cinco personas una al lado de la otra. El sonido del río sin vida que recorre el costado del caserío los acompaña como los segundos que transcurren en el reloj, dando armonía a la melodía que están por el destino designados (o resignados) a escuchar. Cientos de insectos revoletean sin rumbo y algunos chapules aparecen como bombillos intermitentes en los matorrales. 

La noche era ya profunda. Los martilleos de quienes aprovechaban el tiempo libre para arreglar o construir sus casas, el croar de los sapos, el cantar de las chicharras, y los pasos fuertes de algunos hombres que llegaban a sus casas, ensordecían el silencio. Uno de esos hombres era Néstor, con su caminar lento y atropellado. Con la mirada clavada en el piso, esquivaba algunos promontorios pequeños y subía cuidadosamente una escalera improvisada hecha de tierra. Tenía una camisa de botones, amarilla y de una tela casi que invisible, un pantalón café y unas botas casi sin suelas, polvorientas y sin un color reconocible. Llegaba con un bolso tejido en hilo, terciado entre la nuca y un costado de su espalda, en el que cabe a diario la esperanza de sus dos hijos y su esposa. Una tímida luz amarilla aparecía en el camino y el andar torpe se interrumpía abruptamente por dos niños que se le tiraban encima. Con sus pocas fuerzas y unas manos eternamente hinchadas lograba sostener a sus pequeños. El rostro duro y de tono calcinado se distendía con una pequeña sonrisa, al tiempo que sentía duros chuzones en la cabeza. 

Carmelina estaba a la entrada de la casa. Sentada en una silla remendada de madera, unía con hilo trozos de tela para construir poco a poco una sábana para la cama de sus hijos. La vida joven que certificaba su edad, poco le ayudaba a sostener firmeza en un rostro que estaba ajado de los muchos momentos difíciles en su corta vida. La aguja que sostenían los dedos, se quedaba en medio de las dos telas paralizada, cuando los pies de Néstor llegaban al suelo de tierra dura que estaba dentro de la casa. Emocionada se paraba y en un abrazo le hacía sentir que valía la pena vivir. 

Los ladridos del perro casi que anulaban las palabras, y para Néstor era lo mejor, pues en su mente no tenía como explicar que esta vez su bolso no tenía lo suficiente para la tranquilidad de su familia. Mientras los niños se alejaban gritando, Néstor sacaba de su bolso un pedazo de panela y unas rodajas de pan. Un taco en su garganta no dejaba que sus palabras salieran, necesitaba hablar, explicar que eso era todo lo que habría para la noche y el otro día. Carmelina recibía la ofrenda con una fingida sonrisa y sin pronunciar palabras, dirigía sus ojos brillantes hacia una vasija mallugada y tiznada. Parecía entender el mensaje de su esposo. Al poner el trozo de panela con agua sobre una improvisada estufa de leña, su mente quedaba estancada. También tenía que armar palabras y decirle a Néstor que estaba embarazada. Sus ojos quedaron detenidos en el tiempo mirando hacia la nada… sin mente y sin tiempo. 

Néstor había crecido en el campo. Su niñez la vivió correteando por los arados, ayudando a esparcir la semilla y a arriar la mula. Una que otra casita de esterilla, rellena de barro y pintadas con cal, adornaba el paisaje fresco y coloreado de verde. En las tardes acompañaba a su abuela, quien se dedicaba a coser los vestidos de sus tías, mientras él jugaba con los retazos que iban quedando en el piso. Algunas veces, su tía inesita le ayudaba a entender lo que decía en los periódicos que lograban llegar de la ciudad; así pudo en poco tiempo leer las tiras cómicas y resolver los pasatiempos. Nunca fue a la escuela. En su temprana juventud tuvo un hijo con Carmelina, quién vivía cerca al caserío. 

Carmelina vivía con su madre y sus tres hermanas. Crecieron oliendo las lechugas y zanahorias que vendían todos los días en la plaza del pueblo. Sus vidas se unieron después de encontrarse muchas veces en la plaza del mercado cuando Néstor llegaba con los bultos de lechugas después de la cosecha. Todo esto pasaba mientras las balas, las minas y las bombas se acercaban cada vez más al lugar donde vivían. 

Lo inevitable llegaría: hombres con botas y armas, acabarían las ganas de arar la tierra, de respirar olor a verde, de amar la vida. Ya eran dos los hijos y Néstor tendría que salir con las manos vacías. Sólo se pudo llevar a su compañera y sus dos hijos, obligados por la guerra, en la que muchos ganan y los del campo pierden. 

Hacía más de un año habían llegado a la ciudad con el hambre encima. No había nadie que los orientara y mucho menos les diera un albergue. Cual nómadas modernos intentaban hospedarse en el sitio que les diera alguna “comodidad” fugaz. Una iglesia, un semáforo, una esquina, cualquier lugar era convertido en vivienda. El hambre lo calmaba la limosna, mientras Néstor buscaba hacer cualquier trabajo que pudiera con sus manos. Hace algún tiempo llegaron a un caserío ilegal. Sus vecinos provenían de muchos lugares y cómo pudieron armaron sus casas con madera o cualquier material que pudiera servir. Cómo la mayoría de sus vecinos, salía a las calles a buscar que hacer y a conseguir a diario para la comida de su familia. Carmelina se quedaba en casa la mayoría de las veces. De vez en cuando se dedicaba a coser sandalias a cambio de un irrisorio sueldo. 

El Agua de Panela hervía y Carmelina luchaba para desatar el nudo que le impedía decirle a Néstor que un tercer hijo venía en camino. Delicadas gotitas de agua se desprendían del cielo, afinando una aguda melodía con los impactos en las latas de los techos. 

Un pocillo esmaltado con señales de haberse caído muchas veces se llenaba lentamente del líquido rojizo y el humo no dejaba ver el filo del vaso. Los ojos cristalinos de Carmelina empezaban a enjugarse cada vez más, hasta no soportar la fuerza de sus lágrimas que se arrojaron abismalmente hacia el infinito. Al notarlo, Néstor se acercó y pasó sus dedos sobre las mejillas de su amada. Era el momento de hablar y como pudo logró salir de su boca una voz nerviosa que le habló al oído: "No se preocupe mija, mañana me irá mejor".

Crónica radial: Los hombres que miran al piso.

Crónica que retrata la vida una persona que vive en la calle. A diario lucha por sobrevivir, mientras que un periodista aventurero quiere una entrevista para indagar acerca del hambre.

Recortes del documental La Ilusion. Momentos...

Trailer Documental La Ilusión

El tema de la desilusión escolar tiene su origen en una investigación desarrollada desde el campo de la sociología. Se trata de indagar aspectos del sistema educativo, haciendo énfasis en aquellos estudiantes que asisten a la institución, pero no les agrada la parte académica. Es lo que he llamado desilusión, otro tipo de deserción escolar, pues a pesar de que sus cuerpos están presentes, su mente vaga en busca de otras ilusiones.

Trailer Documental La marcha

El 6 de marzo de 2008 se llevo a cabo una marcha “En contra de los crímenes de Estado y los asesinatos de los paramilitares” convocada por el Movimiento nacional de las victimas de los crímenes de Estado. A esta marcha se unieron organizaciones sindicales, educativas, del sector de salud, desplazados, familiares de las victimas y grupos en defensa de los derechos humanos, entre muchos otros. Estas personas fueron asesinadas cuando buscaban reivindicar u organizar a sus comunidades con el fin de mejorar el acceso a las Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI). Reivindicaciones que pretendían cambiar las condiciones de vida de personas como Don Juan y Puener.

Una canción desesperada

Vídeo que muestra el dilema causado por los humanos, debido al atropello cometido con los demás seres vivos... Libres los matamos, presos los desesperamos, hasta la muerte...

Hakuna Matata

Ejercicio de montaje, que anima a los personajes del vídeo Hakuna Matata... El propósito es describir elementos particulares de la Zuricata y el Tatabro.

Buscando a Marcela. Radionovela

Ejercicio de montaje: Remembranza

Ejercicio académico que busca representar la teoría de Kulechov: “El efecto Kuleschov puede definirse como cualquier serie de planos que en ausencia de un plano de situación lleve al espectador a deducir todo el espacio a partir de la visión solamente de porciones de ese espacio”.

El espejo, Sonoviso

El sonoviso es un trabajo especializado en la fotografía, donde interviene el sonido, como un elemento clave para la narratividad. El espejo narra la historia de Jimmy, un hombre común y corriente que se encuentra a sí mismo algunas noches...