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lunes, 21 de julio de 2014

lunes, 25 de noviembre de 2013

Campesino desplazado por la guerra en Colombia, canta a la vida.

Eduardo Cubillos fue desplazado por el conflicto armado interno. Actualmente vive en la ciudad, buscando día a día conseguir para el sustento a diario, al lado de su esposa, quien elabora artesanías. He Aquí su mensaje para el mundo, la búsqueda insaciable para que amemos la naturaleza.

domingo, 17 de noviembre de 2013

Las Guerras de Colombia.

Hace algún tiempo pensaba que la verdadera guerra era aquella que vivían las miles de personas que a diario caminan sobre el asfalto buscando algo para llevar a su familia y tener algo para comer. Me refería a una guerra de seres humanos con escasos recursos económicos, La guerra contra el desempleo, la guerra contra la falta de oportunidades, la guerra contra el abandono. Pero sobre todo, me refería a la guerra contra el hambre. Esa era la guerra de la que hablaba.

Una guerra invisible, aquella que poco se muestra por los noticieros. Una guerra provocada por las necesidades básicas insatisfechas para la gran mayoría de la población (Según cifras del DANE el 64% de la población en Colombia viven en condición de pobreza). Hoy pienso igual: Sí, es una guerra. La tragedia que viven miles de hermanos colombianos, con hambre y con pocas oportunidades de salir vencedores.

Pero debo admitir hoy que aquella guerra de la que hablan los noticieros, el gobierno y de la que hablan la mayoría, es significativamente dolorosa para otra gran parte de miles de hermanos colombianos: 5.600.000 víctimas a causa del conflicto armado.

Cinco millones seiscientos mil es un número crudo y visto en letras frío, más que crudo. Pero dentro de ese número, hay almas. Seres humanos que despojados de su vida, han sido reducidos a la mínima expresión de lo que significa existir (Sí es que aún existen). Casi que a diario llegan desplazados a las ciudades principales.

Personas que su vida entera la han dedicado a tirar semilla, acostumbrados al olor de la tierra, al ruido de los pájaros y vacas, al sol que acaricia sus frutos, llegan a la ciudad. Al asfalto, al humo, al ruido de los carros, al lugar donde hay gente que se viste con corbata. Algunos llegan asustadizos, como ardillas atrapadas en la jaula de cemento. Temerosos de las personas y despojados absolutamente de su mundo material.

Personas que terminan acostumbrándose a su única pierna, viudas eternas que lloran cada fosa con la ilusión de encontrar los restos de quien algún día salió sin volver, niños que desdibujan su mundo con paredes de cemento que encierran la ilusión de correr libres por los campos, mujeres  con su pudor derrotado por una guerra eterna…

Cinco millones seiscientos mil quizá sea poco… para el valor del dolor de todos los que han sufrido la barbarie de esta guerra. Así y a pesar de todos los miles de millones de pesos que invierte el gobierno para reparar, siguen apareciendo víctimas y más víctimas.

Pensando bien, esta también es una guerra invisible. No tanto para el gobierno, ni para los medios de comunicación, paradójicamente pienso que sí es invisible para la mayoría gente de la ciudad, quien se muestra insensible muchas veces frente a una persona desplazada. Pero más que a ellos, parece una guerra invisible para algunos sectores políticos. Invisible por su actitud de propiciar más la guerra, invisible por propender más en inversión de armas, invisible sobre todo, por ser enemigos de unos diálogos, que a pesar de todos sus cuestionamientos, podrían redundar en un paz, parcial quizás en esta guerra, inútil quizá en la primera guerra a la que hago referencia, pero paz al fin y al cabo, que podría disminuir algo de lo que vivimos tristemente en nuestro país.

Mi conclusión es sencilla, quizá poco sabia, pero es esta y no otra: En Colombia no hay una guerra, son dos. Ambas cruentas, ambas crueles, ambas invisibles y ambas con enemigos: Políticos y sectores de la sociedad que evitan la paz.

Por eso es evidente que cualquier intento de evitar un asomo de paz en alguna de ellas, es un claro y evidente intento de homicidio o genocidio. Si no apoyamos la paz, apoyamos la guerra, y sí apoyamos la guerra, quiere decir que estamos de acuerdo con los muertos, con el sufrimiento, el dolor de muchos, el dolor de esos 5.600.000 más el dolor de una cifra indescifrable de los tantos miles que viven en la urbe en medio de la miseria.

Apoyar la paz es un deber. Pero la apoyamos no sólo con la simple voluntad de hacerlo. La apoyamos cuando hacemos una labor comunitaria, cuando nos solidarizamos con acciones que brinden espacios de felicidad, cuando respetamos a los demás. Pero más la apoyamos, cuando votamos por un gobierno responsable con la vida, enemigo de la guerra como discurso, pues finalmente es el gobernante quien puede tener en su decisión, políticas de estado para aportar a la paz.






lunes, 23 de julio de 2012

Mañana me irá mejor.

Mañana me irá mejor.
Cuento.
Por Alexánder Camacho Erazo.


 A todos aquellos que perdieron sus vidas en los campos 
 y renacieron muriendo en las ciudades. 

La tierra del piso se desborona en cada pisada. En tiempos de lluvia se traga los zapatos y los pies descalzos de los niños que corretean sobre los charcos. El calor hace que la tierra se convierta en polvo y se respira todo el tiempo un aire amarillento que envuelve todo lo que hay a su alrededor. Cuando llega la noche, aparecen nubes ventiladas por miles de zancudos, a la vez que el silencio se espanta con el coro eterno de cientos de chicharras. Los perros permanecen echados debajo de los pies de las señoras que acostumbran a sentarse en la entrada de sus casas y los niños corretean serpenteando por las casas. 

Algunas casas están hechas de bahareque estucado con barro. Sus techos están remendados con latas y cartones gruesos acuñados con piedras para evitar que el viento los levante. La mayoría de las puertas mantienen abiertas, dejando que la esperanza entre y salga a su antojo. Las irregulares calles tienen unas pequeñas zanjas a los lados que sirven como desagüe en tiempos de lluvia. Los patios traseros colindan con los frentes de las otras casas y entre ellas un piso desnivelado de angosto tamaño es el camino, donde sólo podrían caminar hasta cinco personas una al lado de la otra. El sonido del río sin vida que recorre el costado del caserío los acompaña como los segundos que transcurren en el reloj, dando armonía a la melodía que están por el destino designados (o resignados) a escuchar. Cientos de insectos revoletean sin rumbo y algunos chapules aparecen como bombillos intermitentes en los matorrales. 

La noche era ya profunda. Los martilleos de quienes aprovechaban el tiempo libre para arreglar o construir sus casas, el croar de los sapos, el cantar de las chicharras, y los pasos fuertes de algunos hombres que llegaban a sus casas, ensordecían el silencio. Uno de esos hombres era Néstor, con su caminar lento y atropellado. Con la mirada clavada en el piso, esquivaba algunos promontorios pequeños y subía cuidadosamente una escalera improvisada hecha de tierra. Tenía una camisa de botones, amarilla y de una tela casi que invisible, un pantalón café y unas botas casi sin suelas, polvorientas y sin un color reconocible. Llegaba con un bolso tejido en hilo, terciado entre la nuca y un costado de su espalda, en el que cabe a diario la esperanza de sus dos hijos y su esposa. Una tímida luz amarilla aparecía en el camino y el andar torpe se interrumpía abruptamente por dos niños que se le tiraban encima. Con sus pocas fuerzas y unas manos eternamente hinchadas lograba sostener a sus pequeños. El rostro duro y de tono calcinado se distendía con una pequeña sonrisa, al tiempo que sentía duros chuzones en la cabeza. 

Carmelina estaba a la entrada de la casa. Sentada en una silla remendada de madera, unía con hilo trozos de tela para construir poco a poco una sábana para la cama de sus hijos. La vida joven que certificaba su edad, poco le ayudaba a sostener firmeza en un rostro que estaba ajado de los muchos momentos difíciles en su corta vida. La aguja que sostenían los dedos, se quedaba en medio de las dos telas paralizada, cuando los pies de Néstor llegaban al suelo de tierra dura que estaba dentro de la casa. Emocionada se paraba y en un abrazo le hacía sentir que valía la pena vivir. 

Los ladridos del perro casi que anulaban las palabras, y para Néstor era lo mejor, pues en su mente no tenía como explicar que esta vez su bolso no tenía lo suficiente para la tranquilidad de su familia. Mientras los niños se alejaban gritando, Néstor sacaba de su bolso un pedazo de panela y unas rodajas de pan. Un taco en su garganta no dejaba que sus palabras salieran, necesitaba hablar, explicar que eso era todo lo que habría para la noche y el otro día. Carmelina recibía la ofrenda con una fingida sonrisa y sin pronunciar palabras, dirigía sus ojos brillantes hacia una vasija mallugada y tiznada. Parecía entender el mensaje de su esposo. Al poner el trozo de panela con agua sobre una improvisada estufa de leña, su mente quedaba estancada. También tenía que armar palabras y decirle a Néstor que estaba embarazada. Sus ojos quedaron detenidos en el tiempo mirando hacia la nada… sin mente y sin tiempo. 

Néstor había crecido en el campo. Su niñez la vivió correteando por los arados, ayudando a esparcir la semilla y a arriar la mula. Una que otra casita de esterilla, rellena de barro y pintadas con cal, adornaba el paisaje fresco y coloreado de verde. En las tardes acompañaba a su abuela, quien se dedicaba a coser los vestidos de sus tías, mientras él jugaba con los retazos que iban quedando en el piso. Algunas veces, su tía inesita le ayudaba a entender lo que decía en los periódicos que lograban llegar de la ciudad; así pudo en poco tiempo leer las tiras cómicas y resolver los pasatiempos. Nunca fue a la escuela. En su temprana juventud tuvo un hijo con Carmelina, quién vivía cerca al caserío. 

Carmelina vivía con su madre y sus tres hermanas. Crecieron oliendo las lechugas y zanahorias que vendían todos los días en la plaza del pueblo. Sus vidas se unieron después de encontrarse muchas veces en la plaza del mercado cuando Néstor llegaba con los bultos de lechugas después de la cosecha. Todo esto pasaba mientras las balas, las minas y las bombas se acercaban cada vez más al lugar donde vivían. 

Lo inevitable llegaría: hombres con botas y armas, acabarían las ganas de arar la tierra, de respirar olor a verde, de amar la vida. Ya eran dos los hijos y Néstor tendría que salir con las manos vacías. Sólo se pudo llevar a su compañera y sus dos hijos, obligados por la guerra, en la que muchos ganan y los del campo pierden. 

Hacía más de un año habían llegado a la ciudad con el hambre encima. No había nadie que los orientara y mucho menos les diera un albergue. Cual nómadas modernos intentaban hospedarse en el sitio que les diera alguna “comodidad” fugaz. Una iglesia, un semáforo, una esquina, cualquier lugar era convertido en vivienda. El hambre lo calmaba la limosna, mientras Néstor buscaba hacer cualquier trabajo que pudiera con sus manos. Hace algún tiempo llegaron a un caserío ilegal. Sus vecinos provenían de muchos lugares y cómo pudieron armaron sus casas con madera o cualquier material que pudiera servir. Cómo la mayoría de sus vecinos, salía a las calles a buscar que hacer y a conseguir a diario para la comida de su familia. Carmelina se quedaba en casa la mayoría de las veces. De vez en cuando se dedicaba a coser sandalias a cambio de un irrisorio sueldo. 

El Agua de Panela hervía y Carmelina luchaba para desatar el nudo que le impedía decirle a Néstor que un tercer hijo venía en camino. Delicadas gotitas de agua se desprendían del cielo, afinando una aguda melodía con los impactos en las latas de los techos. 

Un pocillo esmaltado con señales de haberse caído muchas veces se llenaba lentamente del líquido rojizo y el humo no dejaba ver el filo del vaso. Los ojos cristalinos de Carmelina empezaban a enjugarse cada vez más, hasta no soportar la fuerza de sus lágrimas que se arrojaron abismalmente hacia el infinito. Al notarlo, Néstor se acercó y pasó sus dedos sobre las mejillas de su amada. Era el momento de hablar y como pudo logró salir de su boca una voz nerviosa que le habló al oído: "No se preocupe mija, mañana me irá mejor".

Crónica radial: Los hombres que miran al piso.

Crónica que retrata la vida una persona que vive en la calle. A diario lucha por sobrevivir, mientras que un periodista aventurero quiere una entrevista para indagar acerca del hambre.

Recortes del documental La Ilusion. Momentos...

Trailer Documental La Ilusión

El tema de la desilusión escolar tiene su origen en una investigación desarrollada desde el campo de la sociología. Se trata de indagar aspectos del sistema educativo, haciendo énfasis en aquellos estudiantes que asisten a la institución, pero no les agrada la parte académica. Es lo que he llamado desilusión, otro tipo de deserción escolar, pues a pesar de que sus cuerpos están presentes, su mente vaga en busca de otras ilusiones.

Trailer Documental La marcha

El 6 de marzo de 2008 se llevo a cabo una marcha “En contra de los crímenes de Estado y los asesinatos de los paramilitares” convocada por el Movimiento nacional de las victimas de los crímenes de Estado. A esta marcha se unieron organizaciones sindicales, educativas, del sector de salud, desplazados, familiares de las victimas y grupos en defensa de los derechos humanos, entre muchos otros. Estas personas fueron asesinadas cuando buscaban reivindicar u organizar a sus comunidades con el fin de mejorar el acceso a las Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI). Reivindicaciones que pretendían cambiar las condiciones de vida de personas como Don Juan y Puener.

Una canción desesperada

Vídeo que muestra el dilema causado por los humanos, debido al atropello cometido con los demás seres vivos... Libres los matamos, presos los desesperamos, hasta la muerte...

Hakuna Matata

Ejercicio de montaje, que anima a los personajes del vídeo Hakuna Matata... El propósito es describir elementos particulares de la Zuricata y el Tatabro.

Buscando a Marcela. Radionovela

Ejercicio de montaje: Remembranza

Ejercicio académico que busca representar la teoría de Kulechov: “El efecto Kuleschov puede definirse como cualquier serie de planos que en ausencia de un plano de situación lleve al espectador a deducir todo el espacio a partir de la visión solamente de porciones de ese espacio”.

El espejo, Sonoviso

El sonoviso es un trabajo especializado en la fotografía, donde interviene el sonido, como un elemento clave para la narratividad. El espejo narra la historia de Jimmy, un hombre común y corriente que se encuentra a sí mismo algunas noches...