lunes, 24 de septiembre de 2012
lunes, 3 de septiembre de 2012
lunes, 23 de julio de 2012
Mañana me irá mejor.
Mañana me irá mejor.
Cuento.
Por Alexánder Camacho Erazo.
Cuento.
Por Alexánder Camacho Erazo.
A todos aquellos que perdieron sus vidas en los campos
y renacieron muriendo en las ciudades.
La tierra del piso se desborona en cada pisada. En tiempos de lluvia se traga los zapatos y los pies descalzos de los niños que corretean sobre los charcos. El calor hace que la tierra se convierta en polvo y se respira todo el tiempo un aire amarillento que envuelve todo lo que hay a su alrededor. Cuando llega la noche, aparecen nubes ventiladas por miles de zancudos, a la vez que el silencio se espanta con el coro eterno de cientos de chicharras. Los perros permanecen echados debajo de los pies de las señoras que acostumbran a sentarse en la entrada de sus casas y los niños corretean serpenteando por las casas.
Algunas casas están hechas de bahareque estucado con barro. Sus techos están remendados con latas y cartones gruesos acuñados con piedras para evitar que el viento los levante. La mayoría de las puertas mantienen abiertas, dejando que la esperanza entre y salga a su antojo. Las irregulares calles tienen unas pequeñas zanjas a los lados que sirven como desagüe en tiempos de lluvia. Los patios traseros colindan con los frentes de las otras casas y entre ellas un piso desnivelado de angosto tamaño es el camino, donde sólo podrían caminar hasta cinco personas una al lado de la otra.
El sonido del río sin vida que recorre el costado del caserío los acompaña como los segundos que transcurren en el reloj, dando armonía a la melodía que están por el destino designados (o resignados) a escuchar. Cientos de insectos revoletean sin rumbo y algunos chapules aparecen como bombillos intermitentes en los matorrales.
La noche era ya profunda. Los martilleos de quienes aprovechaban el tiempo libre para arreglar o construir sus casas, el croar de los sapos, el cantar de las chicharras, y los pasos fuertes de algunos hombres que llegaban a sus casas, ensordecían el silencio.
Uno de esos hombres era Néstor, con su caminar lento y atropellado. Con la mirada clavada en el piso, esquivaba algunos promontorios pequeños y subía cuidadosamente una escalera improvisada hecha de tierra. Tenía una camisa de botones, amarilla y de una tela casi que invisible, un pantalón café y unas botas casi sin suelas, polvorientas y sin un color reconocible. Llegaba con un bolso tejido en hilo, terciado entre la nuca y un costado de su espalda, en el que cabe a diario la esperanza de sus dos hijos y su esposa.
Una tímida luz amarilla aparecía en el camino y el andar torpe se interrumpía abruptamente por dos niños que se le tiraban encima. Con sus pocas fuerzas y unas manos eternamente hinchadas lograba sostener a sus pequeños. El rostro duro y de tono calcinado se distendía con una pequeña sonrisa, al tiempo que sentía duros chuzones en la cabeza.
Carmelina estaba a la entrada de la casa. Sentada en una silla remendada de madera, unía con hilo trozos de tela para construir poco a poco una sábana para la cama de sus hijos. La vida joven que certificaba su edad, poco le ayudaba a sostener firmeza en un rostro que estaba ajado de los muchos momentos difíciles en su corta vida.
La aguja que sostenían los dedos, se quedaba en medio de las dos telas paralizada, cuando los pies de Néstor llegaban al suelo de tierra dura que estaba dentro de la casa. Emocionada se paraba y en un abrazo le hacía sentir que valía la pena vivir.
Los ladridos del perro casi que anulaban las palabras, y para Néstor era lo mejor, pues en su mente no tenía como explicar que esta vez su bolso no tenía lo suficiente para la tranquilidad de su familia.
Mientras los niños se alejaban gritando, Néstor sacaba de su bolso un pedazo de panela y unas rodajas de pan. Un taco en su garganta no dejaba que sus palabras salieran, necesitaba hablar, explicar que eso era todo lo que habría para la noche y el otro día.
Carmelina recibía la ofrenda con una fingida sonrisa y sin pronunciar palabras, dirigía sus ojos brillantes hacia una vasija mallugada y tiznada. Parecía entender el mensaje de su esposo. Al poner el trozo de panela con agua sobre una improvisada estufa de leña, su mente quedaba estancada. También tenía que armar palabras y decirle a Néstor que estaba embarazada. Sus ojos quedaron detenidos en el tiempo mirando hacia la nada… sin mente y sin tiempo.
Néstor había crecido en el campo. Su niñez la vivió correteando por los arados, ayudando a esparcir la semilla y a arriar la mula. Una que otra casita de esterilla, rellena de barro y pintadas con cal, adornaba el paisaje fresco y coloreado de verde. En las tardes acompañaba a su abuela, quien se dedicaba a coser los vestidos de sus tías, mientras él jugaba con los retazos que iban quedando en el piso. Algunas veces, su tía inesita le ayudaba a entender lo que decía en los periódicos que lograban llegar de la ciudad; así pudo en poco tiempo leer las tiras cómicas y resolver los pasatiempos. Nunca fue a la escuela.
En su temprana juventud tuvo un hijo con Carmelina, quién vivía cerca al caserío.
Carmelina vivía con su madre y sus tres hermanas. Crecieron oliendo las lechugas y zanahorias que vendían todos los días en la plaza del pueblo. Sus vidas se unieron después de encontrarse muchas veces en la plaza del mercado cuando Néstor llegaba con los bultos de lechugas después de la cosecha.
Todo esto pasaba mientras las balas, las minas y las bombas se acercaban cada vez más al lugar donde vivían.
Lo inevitable llegaría: hombres con botas y armas, acabarían las ganas de arar la tierra, de respirar olor a verde, de amar la vida. Ya eran dos los hijos y Néstor tendría que salir con las manos vacías. Sólo se pudo llevar a su compañera y sus dos hijos, obligados por la guerra, en la que muchos ganan y los del campo pierden.
Hacía más de un año habían llegado a la ciudad con el hambre encima. No había nadie que los orientara y mucho menos les diera un albergue. Cual nómadas modernos intentaban hospedarse en el sitio que les diera alguna “comodidad” fugaz. Una iglesia, un semáforo, una esquina, cualquier lugar era convertido en vivienda. El hambre lo calmaba la limosna, mientras Néstor buscaba hacer cualquier trabajo que pudiera con sus manos.
Hace algún tiempo llegaron a un caserío ilegal. Sus vecinos provenían de muchos lugares y cómo pudieron armaron sus casas con madera o cualquier material que pudiera servir. Cómo la mayoría de sus vecinos, salía a las calles a buscar que hacer y a conseguir a diario para la comida de su familia. Carmelina se quedaba en casa la mayoría de las veces. De vez en cuando se dedicaba a coser sandalias a cambio de un irrisorio sueldo.
El Agua de Panela hervía y Carmelina luchaba para desatar el nudo que le impedía decirle a Néstor que un tercer hijo venía en camino. Delicadas gotitas de agua se desprendían del cielo, afinando una aguda melodía con los impactos en las latas de los techos.
Un pocillo esmaltado con señales de haberse caído muchas veces se llenaba lentamente del líquido rojizo y el humo no dejaba ver el filo del vaso. Los ojos cristalinos de Carmelina empezaban a enjugarse cada vez más, hasta no soportar la fuerza de sus lágrimas que se arrojaron abismalmente hacia el infinito. Al notarlo, Néstor se acercó y pasó sus dedos sobre las mejillas de su amada. Era el momento de hablar y como pudo logró salir de su boca una voz nerviosa que le habló al oído: "No se preocupe mija, mañana me irá mejor".
jueves, 21 de junio de 2012
La Procesión se lleva por dentro
Este reportaje lo realicé hace algunos años, cuando era estudiante de comunicación. ahí les comparto.
Una canción de
Rocío Durcal alcanzaba a escucharse desde la calle, mientras el taxi se
estacionaba. El vestido impedía a Saís bajarse con algo de comodidad, pues le
apretaba desde la cintura hasta la parte media de las piernas; de ahí en
adelante se anchaba y el largo llegaba hasta los tobillos, justo donde una
ligera correa apretaba los zapatos de altos tacones.
“Ay, déme la mano
por favor”, suplicaba estirando su brazo a Edgar, quien se había bajado
segundos antes. Por la otra puerta, Alexa se bajaba mucho más rápido: unos
jeans semiajustados hasta un poco más debajo de las rodillas y una blusa sin
mangas, le permitía maniobrar con mayor facilidad, a pesar de la considerable
altura de los tacones de sus zapatos.
Unos
Dientes Muy Blancos.
La calle estaba
bien iluminada y contrastaba con la oscuridad que emergía desde el interior de
una puerta pequeña que se hallaba completamente abierta. En la entrada estaban
dos hombres altos y corpulentos vestidos de negro, quienes, además de cobrar,
registraban a las personas que quisieran ingresar. Aunque la apariencia de
aquellos guardianes atemorizaba, uno de ellos sonreía con mucha confianza y de
repente daba un efusivo saludo a Alexa. Era de piel negra y tenía menos de un
centímetro de pelo apretado en su cabeza, su nariz era chata y tenía labios
gruesos. Una ligera barba quería invadir parte de su rostro y los tonos oscuros
contrastaban conlos dientes, muy cercanos al color blanco. Esta blancura se
debía en parte a que días antes había visitado el consultorio dental,
recibiendo el último tratamiento después de varias sesiones.
“Espero que
sigas cuidando tus dientes. Dentro de seis meses pides cita”, le decía Alexa, previo
a una amable despedida.
Hacía dos años
trabajaba en la Clínica Santiago de Cali, y su estabilidad laboral satisfacía
las expectativas económicas.Se entregaba a su labor de odontólogay ese
desempeño la había consolidado en el puesto. El lado gris de su trabajo estaba
enlos conflictos que a diario afrontaba con los compañeros.
“Allá
(refiriéndose al lugar de trabajo), me tienen mucha envidia. Ese es el problema
de nosotras las mujeres. Siempre andamos pendiente de lo que no nos compete.
Pero yo no me la dejo montar”. No se
dejaría en ningún caso, y eso era una de las causas de la antipatía que
reflejaba en el trabajo. Sólo se llevaba bien con Claudia, aunque no eran muy
estrechas las relaciones de confianza.
La
ilusión de lo que pudo haber sido.
Al entrar, se
topaban con unas escaleras circulares que conducían a una especie de sótano. A
medida que bajaban cuidadosamente los escalones, el sonido de la música se
intensificaba, al tiempo que se percibían algunos destellos de luces que
provenían de abajo. Ello generaba ansiedad y justo antes de llegar a la última
curva, sonó el celular de Alexa, era su madre, doña Flor, quien la llamaba para
preguntar por unas pastas.
“Ay mami, las
deje en la mesa de los libros, la café”. Respondía con algo de rabia ante la
inoportuna llamada de su madre.
La señora Flor
tenía aproximadamente unos 60 años y su excesiva masa corporal, era la causa de
algunos problemas de salud. Dependía de la pensión militar que había dejado su
difunto esposo hace 21 años.Pero más que eso, dependía de Alexa, pues su
segundo hijo, ya había hecho vida aparte y su hija menor se había ido de la
casa hacía tres años. Alexa, la mayor, era entonces “la jefe” del hogar, la que
cuida de su madre. En muchas ocasiones recibía inoportunamente llamadas de su
madre, y esto le molestaba cada vez que sucedía.
Siempre fue
privilegiada en su familia, fortuna ganada por representar la primera persona
en ser nieta, sobrina e hija a la vez. “Desde
la barriga sabía que era mujer.Me decían que las niñas eran mas perezosas y que
se movían a partir de los seis meses, si se movía antes era niño”, contaba doña
Flor. Trajecitos, cobijitas de lana, muñecas y varios ajuares color rosa
adornaban la habitación de la nena próxima a llegar a éste mundo. La señora Flor
y su familia, no tenían duda del género y esperaban con emoción la llegada de
aquel nuevo ser.
Todo marcharía
normalmente sino fuera por que la personita que llegó al mundo era
fisiológicamente un niño. Pero, tal como lo dice La señora Flor, “siempre supe
que era mujer. Cuando tenía un añito, lloraba por que no le ponía el vestido de
una amiguita. Una vez se lo puse y se puso a llorar todo el día... Cuando
estaba en tercero de primaria, todos los niños se tomaron una foto y él se
diferencio por el sentado. Se sentó así” (representaba una posición donde ambas
piernas están juntas semi-estiradas, hacia el lado izquierdo, mientras su mano
derecha se apoya en el piso. Tal como una
sirena.).
Aunque toda la
familia daba por hecho que Alex era homosexual (delatado por sus gestos,
movimiento, gustos y voz), Alexa sólo era visible para su madre, que había
dejado atrás todos los prejuicios y discriminaciones que la sociedad impone
culturalmente a quienes tienen ésta condición.
Alex no sería la excepción, y su etapa de
desarrollo la afrontó con muchas dificultades: “Yo sentía desde siempre mis
actitudes femeninas, pero me sentía muy mal con mi papá y mi familia.”
Disimulaba el caminado, engrosaba la voz y fingía actitudes varoniles,
queriendo agradar a su familia, pero sobre todo a su padre, con quien sentía
una vergüenza indescriptible. “El papá, si la tuvo con Psicólogo y se
preocupaba mucho. Yo si lo acepté…” admitía con serenidad doña Flor.
Pero esto no era
lo único que lo atormentaba, pues sufría las consecuencias de una sociedad que
ha heredado los mandatos de una absurda moral religiosa, y ha impuesto durante
siglos unos preceptos discriminatorios coartando la libertad del ser. Insultos,
burlas y atropellos se topaban con Alex muy a menudo. “evitaba salir, prefería
estar encerrado antes de que atormentaran en la calle”. Un delincuente sufriría
igual, temería igual.
Su madre también
sufría, “… Me dolía mucho, por que en ese tiempo atacaban muchos a los
homosexuales”. Fruncía el ceño y deseaba hallar a aquellas personas que alguna
vez ofendieron a su hijo. Seguía contando las dificultades que generaba el
hecho de ser homosexual, en plena infancia de su hijo, “Había un periódico que
se llamaba Vea, que es así como el Q´Hubo, Allí a cada nada salía noticias de
que habían matado un travesti, o una
peluquera… los mataban a piedra o los torturaban… eso antes era horrible”. Siempre
asimiló la condición de su hijo, y ahora es la única en la familia quién guarda
con sigilo su secreto.
“El
Tiqui tiqui, es para amenizar esto”
Al girar, luces
de colores encandelillan la vista y decenas de personas se encuentran sentadas,
concentradas en lo que sucede en la pista de aquel sitio.Era el momento del
Show. Una nueva balada reemplazaba a la de Rocío Durcal. Alguien se hallaba en
la pista representando la canción que sonaba. Un cabello rojizo y largo hasta
la cintura; un maquillaje extravagante
que levanta las cejas y magnifica los ojos; un vestido ceñido que brilla con el
reflejo de la luz y unos zapatos de tacón alto, hacen parte del vestuario de
aquel hombre que goza ser mujer, en un lugar donde nadie cuestiona (al
contrario disfruta) su condición.
Tres horas antes
Alexa era Alex. Alex tiene 29 años. Es de estatura media, blanco y su escaso
cabello es de color negro. Su cuerpo delgado favorece los vestuarios que luce y
sus facciones de hombre delicado le ayudan a consolidarse como una mujer
hermosa. Había llegado como todos los fines de semana –previo a la rumba- a la
casa de Saís. Llegaba con un maletín que contiene normalmente dos trajes,
maquillaje, zapatos de tacón alto y dos pelucas.
“Me da pena
maquillarme en mi casa, delante de mi mamá… Además puede llegar alguno de mis
hermanos a un amigo o alguien de la familia. No!, no me imagino”. Pero sí se lo
imaginaba. Tenía miedo, el miedo al rechazo, a la injuria. Los problemas del trabajo
eran suficientes, y su familia era una especie de resguardo que habría que
cuidar. No quería perder su refugio.Era precisamente por ello que siempre se
vestía de Alexa en un lugar diferente a su casa.
Otros amigos
también llegan al mismo lugar y se reúnen hasta tres o cuatro para acompañarse
en el proceso de maquillaje.
Base, Polvos,
labiales, pestañas y uñas postizas, lápiz de ojos, pelucas, tacones, fajas,
vestidos, pulserasy escarcha, son apenas algunos elementos que ayudan al
proceso de transformación.
Casi tres horas
(tiempo en que dura el proceso) se acompañan de charlas, burlas, anécdotas, y
el infaltable “Tiqui Tiqui”, que es
simplemente beber aguardiente durante éste proceso.
“El
Tiqui Tiqui es para amenizar esto. Siempre tenemos que empezar con el Tiqui Tiqui, así nos prendemos y
llegamos bien rico a la discoteca”. Dice “La Bailarica”, mientras una espuma
café se esparcía sobre su rostrouna crema del mismo tono.Es que es mucho tiempo
dedicado a la transformación, como para evitar amenizarla.
La
Procesión tiene un descanso.
Cuando el Show
acaba, la música invita a la pista. La gente se vuelca en desbandada a bailar,
sin importar si el género, raza o edad de la pareja. Luces que van y vienen,
licor, cigarrillos y quizá droga, se dispersan con un ímpetu parecidoal agua cuando
ha vencido la resistencia del dique.
“La procesión se
lleva por dentro”, decía Edgar, minutos antes dentro del taxi, hablando de su
experiencia de vida, quizá de muchos, quizás de todos… Pero el vía crucis se
interrumpe, la cruz se deja en el piso por un instante. Quizá sean momentos de
descontrol, acciones desmesuradas donde los moralismos atacan con juicios. Pero
ante un mundo que aún reprime, que aún juzga y discrimina a los homosexuales, la
discoteca (con todos sus componentes, incluyendo el Show) es el paraíso, el
descanso, donde la emancipación se materializa, cobra vida. La procesión tiene
un descanso.
martes, 19 de junio de 2012
¿A qué hora pasó todo?
¿A que hora pasó todo?
Corría sudoroso trás una pelota rota para patearla.
Las tardes eran eternas y el sonido de la máquina de coser
ambientaban los juegos que jamás llegaban a su fin.
Jugaba conmigo.
Soñaba con que algún día un pajarito se posara en mi cabeza
y creia que las palomitas cuando llegaban a los techos traían paz.
En las noches, las hormigas gigantes querían meterse por el techo de mi cuarto,
pero cerraba los ojos hasta donde más podía para que la mente se pusiera negra.
(Salían unas bolitas blancas).
El jugo de limón me convertía en un superhéroe y mi objetivo diario
era robar de la cocina leche en polvo para comer con azúcar.
Aún sueño con mi vida, mi avioncito me acompaña.
Corría sudoroso trás una pelota rota para patearla.
Las tardes eran eternas y el sonido de la máquina de coser
ambientaban los juegos que jamás llegaban a su fin.
Jugaba conmigo.
Soñaba con que algún día un pajarito se posara en mi cabeza
y creia que las palomitas cuando llegaban a los techos traían paz.
En las noches, las hormigas gigantes querían meterse por el techo de mi cuarto,
pero cerraba los ojos hasta donde más podía para que la mente se pusiera negra.
(Salían unas bolitas blancas).
El jugo de limón me convertía en un superhéroe y mi objetivo diario
era robar de la cocina leche en polvo para comer con azúcar.
Aún sueño con mi vida, mi avioncito me acompaña.
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