El mar que no conocía era un charquito,
comparado con este tanque de
lavadero
donde bañé horas eternas jugando con barquitos de papel.
Ahora
que lo miro, no hay Duda:
Era mi océano pacífico.
domingo, 21 de agosto de 2016
sábado, 16 de julio de 2016
Cuando no importa el dolor.
Su lamento casi no diferenciaba el silencio del ruido. Apenas un pretencioso sonido fonético imperceptible para muchos, se escuchaba en la habitación. Era un “ayyy” que se repetía, un “ayyy” que seguramente alguna vez fue un grito y ahora ya es un respiro. Es el dolor que se mantiene como los segundos, como los minutos. El dolor que es su vida. Muy seguramente no sabe en este momento que su nombre es Rosa.
Pasó un día. No recuerda el día, ni
la hora. Sólo sabe que pasó un día. Su cuerpo robusto de forma ovalada y de
huesos largos no pudo sostenerse con sus piernas. Dolían las rodillas. Aunque doler fuera esa palabra utlizada que no podía representar la sensación que sentía
al intentar pararse o sentarse. Dolía tanto que prefería no ponerse
en pie, prefería no sentarse. Ahora el dolor en las rodillas de don Rodrigo casi
no se sienten. Nunca más volvió a utilizar sus piernas. Imposible hacerlo ante tanto sufrimiento. Ahora permanece acostado, huyendo del dolor. Mientras otras
partes de su cuerpo lo atormentan.
Doña Rosa tiene 57 años. Un número
que a esta hora poco importa, el tiempo como sus lamentos, pasan en vano. Para lo
único que le sirve es para recordarle cada segundo un dolor, dolor que es la suma
de muchos dolores: en la cabeza, en el ojo, en el estómago, en el pecho. Un
dolor que ahora no sabe dónde lo siente. Una masa en su cerebro, una verruga
grande en la parte baja de su ojo y un apretujón en su pecho, le han ganado la
batalla a su voluntad de respirar con tranquilidad.
Don Rodrigo tiene un poco más de 60
años. No camina. No le funcionan los riñones. Sólo lo mueven de su cama para
llevarlo a un hospital a que le conecten las mangueras y le saquen los líquidos.
Vive sólo con su esposa, quien a duras penas también camina. Ahora poco se mueve, la esposa no tiene fuerzas para ayudarle. No tienen como
transportarlo desde que ya no pudo caminar. Pasan muchos días sin que le
cambien los líquidos, mientras su cuerpo sigue perdiendo la batalla.
Así transcurren los días de doña Rosa
y don Rodrigo. A doña Rosa la EPS no le autoriza los exámenes para que se determine
la enfermedad que le atormenta y le acaba con su vida. A don Rodrigo la EPS no
le autoriza una ambulancia para que lo transporte y pueda recibir el
tratamiento para mantenerse con vida. Un trámite administrativo, una firma, una
voluntad de algún funcionario de las EPS, no se realiza.
Doña Rosa y don Rodrigo son personas
como yo. Personas como cualquiera que lea esto. Personas como los que en las
EPS tienen que firmar para que sigan viviendo. Pero muchas de estas últimas de
eso se olvidan: de la condición humana que está debajo del dolor. La indiferencia
de algunas EPS está por encima del dolor. La indolencia de quienes pueden
sancionar y castigar también.
Mientras, doña Rosa, don Rodrigo y quien
sabe cuántos miles de caleños y colombianos siguen luchando contra la enfermedad
y aún más contra la indolencia de las personas que son como yo, que son como
ellos, que son como ustedes. Sin embargo desde nuestro pedacito de mundo intentamos, luchamos,
persistimos, para que doña Rosa, don Arturo y muchos caleños, tengan un aliento
en sus vidas.
Ambos no viven, ambos sobreviven.
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sábado, 28 de mayo de 2016
Todo comenzó aquel día.
Todo comenzó aquel día, aquella mañana. Tenía 6 años y mi tía clara me llevaba con su mano a un lugar que nunca antes
había visto. No entendía muy bien a que me llevaba. La entrada, después de las rejas, era por una puerta grande en forma de U al revés. Se me
parecía una iglesia.
Llegamos a una oficina y luego de estar ahí un
corto tiempo, otra persona adulta me cogió de la mano y me empezó a
separar de mi tía, llevandome hacia un lugar interior: un patio donde habían
muchas habitaciones y se escuchaba en ellos, a una persona adulta hablando
fuerte.
La angustia del
lugar desconocido hizo que quisiera soltarme de quien me llevaba agarrado de la mano. Fue en vano. Llorando miré hacia atrás y allá pude ver que mi
tía clara estaba parada, vigilando y expectante para saber la
habitación en que el señor me entraría. Al verme llorando se vino hacia mi.
Se agachó hasta que sus ojos estuvieran de frente a los míos. No recuerdo lo que me dijo. Si recuerdo que logró interrumpir el llanto, aunque el miedo seguía.
Seguí en dirección a la habitación, esta vez con mi tía. Entramos y había una manada de niños con camisa de cuadritos pequeños y azules. Estaban sentados en unas mesas largas de madera, pegadas con tubos a una banca, donde cabían dos. Una señora de voz gruesa con gafas nos recibía, era la única persona adulta en el lugar. Me cogía de la mano y me llevaba a una de las bancas pegada a la mesa, donde ya había un niño. Justo el espacio era para mi.
La señora se despidió de mi tía, y el miedo se quedaba conmigo. fue una mañana eterna. el sonido de los timbres y la voz de la señora que leía las vocales me asustaban. El bullicio de los niños también. No sospechaba que ese día el camino empezaba.
Todo comenzó aquel día
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viernes, 25 de marzo de 2016
Caminando en el tiempo
La mano tosca y de uñas despintadas
aprisionaban la chiquita, la de aquel bracito que se extendía en su totalidad
para servir de lazo y evitar quedarse atrás, en el caminar lento para ella y de
mucha velocidad para él.
El polvo se levantaba con cada paso, y el
pequeño con la mirada en el piso, aprovechaba para patear cuanta piedrita se
apareciera en su camino. Era su juego favorito en esas tardes de largo caminar.
El sol se arrojaba con todas sus fuerzas sobre el cabello negro y medio
ondulado de ella, quien ocupaba su otra mano con una pesada bolsa de plástico.
A esa hora nadie acompañaba el andar por el
camino irregular entre arbustos y tierra seca. El olor fétido de las aguas
negras empezaba a llegar con el poco viento a medida que avanzaba en el camino.
Uno que otro grillo cantaba, casi armonizando cada paso dado.
Sólo faltaba atravesar el canal de aguas negras
por encima del puente de madera para llegar a las casas hechas de madera, con
sus techos irregulares de lámina , plásticos y tejas de barro. Muchos niños
corretiaban, saltaban piedras y montículos para saludar al chiquillo que aún
era sostenido con la misma fuerza por la mano que no lo aflojaba. Descalzos,
con la cara gris del sudor y el polvo mezclado, corrían despavoridos por todas
las calles improvisadas con huecos zanjados que servían para sacar el agua en
tiempos de lluvia.
Sin detenerse, ella seguía al ritmo de su paso,
atravesando ahora las casitas de madera, algunas con los lavaderos de ropa en
el frente, otras con sus puertas hechas con tablas. Ahora el estaba suelto y
corría, seguro de la dirección que debía seguir. Pasaba en frente su casa y llegaba justo
donde ell camión acababa de botar el material reciclado.
La caminata había terminado para ella, quien
llegaba derecho a la cocina para encender la estufa de petróleo, a esa hora del
día ya debía estar listo el almuerzo. El chico también terminaba: se arrojaba de
cuerpo entero sobre la montaña de hojas, alambres, plásticos y miles de cositas
que servían para reciclar. Era la máxima aventura jamás vivida.
Años después otros niños corretean, saltan piedras y montículos, descalzos y con la cara gris del sudor y el polvo que se mezclan. Ahora ella no camina
mucho, no hay estufas de petróleo y el puente no es de madera. Mientras, un hombre ve a
sus hijos arrojarse de cuerpo entero sobre una montaña de pelotas de plástico. Es
para ellos la aventura máxima jamás vivida.
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sábado, 13 de febrero de 2016
OTRAS GUERRAS.
Imagen Tomada del enlace: http://www.artelista.com/ypimages/Small/04/mwm03977.jpg
Es apenas una niña de 8 años.
Tiene sus piecitos hacia los lados, con los dedos mirándose de frente. Su
columna es como una “S” y apenas puede sostenerse en pie. Sus costillitas
dobladas aprietan sus pulmones y producen punzadas que cortan la respiración de
la chiquita. Necesita una cirugía para evitar que se le siga deformando su
cuerpo. Desde mayo del 2015 tiene la orden, aún no se la han hecho.
Acostadito en su lecho, como un
recién nacido, permanece mirando hacia la nada. Hace poco cumplió 5 añitos. El
niño lleva dos noches bronco-aspirando. Vomita hasta por los huequitos de la
nariz. El pequeñito necesita de una bomba de infusión para recibir sus
medicamentos y así evitar su desmejoramiento. Desde el mes de diciembre se le
descompuso la bomba. Aún no le entregan una.
Varias horas lleva parada en la
calle. Delante un señor de mucha edad y una señora. Sostenida por la pared, de
vez en cuando se mueve en una especie de vaivén. Su cabello color plata, está
cubierto por una pañoleta roja, que le aprisiona las gafas. Tiene 65 años. La
señora necesita la insulina, con los implementos necesarios para controlar y medir su nivel
de azúcar. Desde las 4 y 30 de la mañana ha llegado al dispensario de
medicamentos con la orden médica para que se la entreguen. Son las 8 y 30 le
informan que no hay el medicamento, debe volver otro día, o esperar llamada.
Ya son pocas las veces que se
levanta de su cama. Cuando lo hace, a duras penas puede sostenerse ayudada por
su acompañante incondicional: su hija. Tiene 68 años y fue diagnosticada con
cáncer en el hígado desde septiembre del 2015. Tiene una orden para que le
entreguen unos medicamentos. Tiene otra orden para que la valore un
especialista. No tiene medicamentos. No la ha valorado el especialista.
Apoyado sobre su bastón, logra
hacer tirar torpemente su pierna derecha hacia adelante. Luego adelanta la
izquierda y adelanta el bastón para repetir el movimiento. Se puede demorar en
avanzar hasta 10 veces más que una persona que camine normal. Se dislocó su
rodilla desde junio del 2015. Hoy está hinchada y deforme. Necesita valoración
de un especialista. Necesita una cirugía. Aún sigue caminando sin poder avanzar
mucho.
Febrero de 2016.
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