martes, 4 de octubre de 2016
domingo, 4 de septiembre de 2016
domingo, 21 de agosto de 2016
Mi oceáno pacífico
El mar que no conocía era un charquito,
comparado con este tanque de lavadero
donde bañé horas eternas jugando con barquitos de papel.
Ahora que lo miro, no hay Duda:
Era mi océano pacífico.
comparado con este tanque de lavadero
donde bañé horas eternas jugando con barquitos de papel.
Ahora que lo miro, no hay Duda:
Era mi océano pacífico.
sábado, 16 de julio de 2016
Cuando no importa el dolor.
Su lamento casi no diferenciaba el silencio del ruido. Apenas un pretencioso sonido fonético imperceptible para muchos, se escuchaba en la habitación. Era un “ayyy” que se repetía, un “ayyy” que seguramente alguna vez fue un grito y ahora ya es un respiro. Es el dolor que se mantiene como los segundos, como los minutos. El dolor que es su vida. Muy seguramente no sabe en este momento que su nombre es Rosa.
Pasó un día. No recuerda el día, ni
la hora. Sólo sabe que pasó un día. Su cuerpo robusto de forma ovalada y de
huesos largos no pudo sostenerse con sus piernas. Dolían las rodillas. Aunque doler fuera esa palabra utlizada que no podía representar la sensación que sentía
al intentar pararse o sentarse. Dolía tanto que prefería no ponerse
en pie, prefería no sentarse. Ahora el dolor en las rodillas de don Rodrigo casi
no se sienten. Nunca más volvió a utilizar sus piernas. Imposible hacerlo ante tanto sufrimiento. Ahora permanece acostado, huyendo del dolor. Mientras otras
partes de su cuerpo lo atormentan.
Doña Rosa tiene 57 años. Un número
que a esta hora poco importa, el tiempo como sus lamentos, pasan en vano. Para lo
único que le sirve es para recordarle cada segundo un dolor, dolor que es la suma
de muchos dolores: en la cabeza, en el ojo, en el estómago, en el pecho. Un
dolor que ahora no sabe dónde lo siente. Una masa en su cerebro, una verruga
grande en la parte baja de su ojo y un apretujón en su pecho, le han ganado la
batalla a su voluntad de respirar con tranquilidad.
Don Rodrigo tiene un poco más de 60
años. No camina. No le funcionan los riñones. Sólo lo mueven de su cama para
llevarlo a un hospital a que le conecten las mangueras y le saquen los líquidos.
Vive sólo con su esposa, quien a duras penas también camina. Ahora poco se mueve, la esposa no tiene fuerzas para ayudarle. No tienen como
transportarlo desde que ya no pudo caminar. Pasan muchos días sin que le
cambien los líquidos, mientras su cuerpo sigue perdiendo la batalla.
Así transcurren los días de doña Rosa
y don Rodrigo. A doña Rosa la EPS no le autoriza los exámenes para que se determine
la enfermedad que le atormenta y le acaba con su vida. A don Rodrigo la EPS no
le autoriza una ambulancia para que lo transporte y pueda recibir el
tratamiento para mantenerse con vida. Un trámite administrativo, una firma, una
voluntad de algún funcionario de las EPS, no se realiza.
Doña Rosa y don Rodrigo son personas
como yo. Personas como cualquiera que lea esto. Personas como los que en las
EPS tienen que firmar para que sigan viviendo. Pero muchas de estas últimas de
eso se olvidan: de la condición humana que está debajo del dolor. La indiferencia
de algunas EPS está por encima del dolor. La indolencia de quienes pueden
sancionar y castigar también.
Mientras, doña Rosa, don Rodrigo y quien
sabe cuántos miles de caleños y colombianos siguen luchando contra la enfermedad
y aún más contra la indolencia de las personas que son como yo, que son como
ellos, que son como ustedes. Sin embargo desde nuestro pedacito de mundo intentamos, luchamos,
persistimos, para que doña Rosa, don Arturo y muchos caleños, tengan un aliento
en sus vidas.
Ambos no viven, ambos sobreviven.
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Ambos no viven, ambos sobreviven.
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sábado, 28 de mayo de 2016
Todo comenzó aquel día.
Todo comenzó aquel día, aquella mañana. Tenía 6 años y mi tía clara me llevaba con su mano a un lugar que nunca antes
había visto. No entendía muy bien a que me llevaba. La entrada, después de las rejas, era por una puerta grande en forma de U al revés. Se me
parecía una iglesia.
Llegamos a una oficina y luego de estar ahí un
corto tiempo, otra persona adulta me cogió de la mano y me empezó a
separar de mi tía, llevandome hacia un lugar interior: un patio donde habían
muchas habitaciones y se escuchaba en ellos, a una persona adulta hablando
fuerte.
La angustia del
lugar desconocido hizo que quisiera soltarme de quien me llevaba agarrado de la mano. Fue en vano. Llorando miré hacia atrás y allá pude ver que mi
tía clara estaba parada, vigilando y expectante para saber la
habitación en que el señor me entraría. Al verme llorando se vino hacia mi.
Se agachó hasta que sus ojos estuvieran de frente a los míos. No recuerdo lo que me dijo. Si recuerdo que logró interrumpir el llanto, aunque el miedo seguía.
Seguí en dirección a la habitación, esta vez con mi tía. Entramos y había una manada de niños con camisa de cuadritos pequeños y azules. Estaban sentados en unas mesas largas de madera, pegadas con tubos a una banca, donde cabían dos. Una señora de voz gruesa con gafas nos recibía, era la única persona adulta en el lugar. Me cogía de la mano y me llevaba a una de las bancas pegada a la mesa, donde ya había un niño. Justo el espacio era para mi.
La señora se despidió de mi tía, y el miedo se quedaba conmigo. fue una mañana eterna. el sonido de los timbres y la voz de la señora que leía las vocales me asustaban. El bullicio de los niños también. No sospechaba que ese día el camino empezaba.
Todo comenzó aquel día
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