El año pasado hemos sufrido una de las peores épocas invernales. La lluvia arrasó no sólo con muchas viviendas y todo lo que se encontraba a su paso, sino que también se llevó vidas de animales y de seres humanos. A la gran mayoría se le llevó la esperanza de un hogar, de una vivienda, así fuera de madera, latas o ladrillo.
Según cifras aproximadas, hay más de dos millones de damnificados, muchos con el agua casi hasta el cuello que no saben que hacer con sus vidas.
Todo el mundo habla del desastre natural. ¿desastre natural?
No diría yo y dirán muchos. No es un desastre natural, es el curso natural, la naturaleza misma que actúa de manera instintiva ante nosotros. Fácil es juzgar y acusar a la naturaleza, cuando somos nosotros quienes alteramos su instinto. Podría hablar del calentamiento global, de la tala de bosques, de la desigualdad de recursos que conllevan a las personas a habitar las riberas de los ríos o de muchas otras causas humanas para que haya ocurrido la tragedia invernal.
Parece que la misma naturaleza enfurecida nos hiciera saber quien es más grande, quien tiene mas poder. Parece que nos quisiera dar una lección, para que no olvidemos el porque los aborigenes adoraban y vivían en armonía con la naturaleza.
La invitación apunta a que auxiliemos a los damnificados, a que nos solidaricemos con su tragedia. Pero también apunta a que auxiliemos la naturaleza, a que cuidemos un poco más de la vitalidad que nos da. No olvidemos que provenimos de ella y en ella nos extinguiremos.