lunes, 16 de agosto de 2010

Cuento: El hermano de mi Cielo

Siento como si hubiera un nudo de trapo en medio de mi garganta. Con las rodillas casi en mi cuello, tampoco siento mis piernas. No sé cuánto ha pasado con ellas dobladas. A esta hora ya no  duele mi espalda magullada, ni mi cara maltratada. Un viento de fuego quema mi nariz y hace que odie respirar. Poco escucho. Desesperado intento ver algo, pero sólo alcanzo a ver unos cuantos destellos blancos sobre la inmensa oscuridad.

Maldigo la oscuridad. Aunque no la maldije una noche, la noche en que conocí a mi cielo. Fue la noche en que llegué al lugar donde la música ambienta la penumbra y había tanto licor como mujeres. Muchas mujeres con algo en común: tenían poca ropa y esperaban a que llegaran hombres dispuestos a pagarles, con tal de recibir sus cuerpos a cambio. Y allí estaba ella, paciente, esperando lo mismo que las demás. Aunque su imagen la hacía diferente a las otras: su pálido rostro reflejaba una angustia, que fue justificada cuando al acercarme noté que un pequeño habitaba su vientre.

No sé cómo ni cuándo me enamoré de mi cielo. A los pocos días ya vivía con ella. Sabía que me tocaba ser el padre de un hijo del tiempo y que me tocaba elevar la estima de alguien que tanto había sido lastimada por la pobreza. El problema era que no tenía como, ni siquiera algo donde dormir; sólo el espíritu y la fuerza de estar con mi Cielo.

Deseo tanto tener un poco de agua. Podría dar lo que fuera por qué ese liquido fresco humedezca mis labios hinchados del calor y recorra la resequedad de mi lengua hasta llegar a mi árida garganta. Esa sería la mejor manera de aflojar este nudo que no me deja respirar. Cuanto anhelo sentir la vida, al lado de mi cielo y dormir con ella así como la primera vez.

La primera noche dormimos en un piso irregular de barro seco. Unos cuantos costales hacían las veces de colchón, mientras que unos retazos nos cubrían del frío que se colaba entre las esterillas. Rogábamos para que no llegara la lluvia, pues el agua se filtraba fácilmente por el techo construido con latas y cartón. La casa la había tomado a cambio de una mísera cuota, pero ella era una verdadera mansión para nuestro amor.
Trabajaba en lo que me resultara, y el hermano de mi cielo nos ayudaba de vez en cuando con algo para comer. El era policía, uno de esos que atropella a la gente y que no le importa hacer lo que tenga que hacer para conseguir dinero. Odiaba ese tipo de acciones, pero no tenía otra opción en la vida que recibir esa ayuda.

Yo prefería buscar trabajo. Apenas si reconocía las letras, por eso dependía de una obra de construcción o de las frutas que dejaban en el piso de los mercados los domingos.
Un día afortunado encontré un trabajo estable, donde me hicieron un contrato. Era la construcción de una gran finca. Con los primeros sueldos compramos una cama y la angustia de conseguir un peso para pensar en comer a diario se acabó. El niño tuvo su primer trajecito nuevo.

Un salto abrupto golpea mi cabeza en ambos lados. Ese dolor me recuerda que aún vivo y despertó en mis oídos el sonido constante de un motor que no paraba. Siento que algo me transporta, en una carretera que parece no tener fin.

Un largo recorrido en bus me llevaba todos los días al trabajo. Ahí había conocido a Gustavo. Era un buen amigo, me ayudaba cuando no tenía para el bus. La verdad no llegué a saber mucho de él, pero se mostraba complaciente y noble.
Todo parecía mejorar, hasta el lunes que llegué al trabajo. Noté que habían muchos policías y especulaba mientras me acercaba, en lo que había podido ocurrir. Sólo cuando pidieron mis documentos y me esposaron, me di cuenta de lo que pasaba: venían por mí.

Aún siento el fuerte dolor en las muñecas a causa de las esposas. No he vivido antes en mi vida algo que mortifique mi cuerpo tanto y angustie mis posibilidades de vivir. En algunos momentos mi mente se torna borrosa y las figuras de mi cielo y el niño, pierden sentido, se convierten en imágenes difusas.

En el piso estaba mi amigo Gustavo, con mucha sangre en su rostro y sin respiración. Recién había matado a un policía y me había acusado del robo que había hecho a una señora el día sábado. Yo era el supuesto líder. Debía saber dónde estaba el dinero y las joyas. El problema pudiera haber sido menos grave, si la señora no hubiera sido la dueña de la finca donde trabajaba y la esposa de un narcotraficante. El caso pasaba de la justicia ordinaria a la justicia ilegal.

Sentía de nuevo mucho dolor, cuando recordaba los cables de electricidad en mi espalda, o las infinitas cachetadas para que confesara. Era en vano, jamás revelaría un secreto que no conozco. Mi cielo se lamentaba y sufría al verme tan poco humano dentro de la celda. Me llevaba la comida y el niño no lo dejaban entrar. Solo una cosa era cierta: revelo o me muero. Entonces solo una cosa era cierta: me muero.

El jueves unos guardias me amordazaron y me sacaron de la celda. Lo último que recuerdo es una serie consecutiva de golpes en la cabeza. Al despertar, todo está oscuro, me duelen las piernas, las manos y el cuerpo entero. Casi no puedo respirar y hace mucho calor. De repente ya no suena más el motor. Siento todo quieto, pero con el mismo dolor. Escucho a dos personas hablar y reírse. Escucho un ruido muy cerca y mis ojos se encandelillan con un fuerte haz de luz que entra, mientras abren una tapa que está encima. La cajuela de una carro. Me agarran como pueden entre dos personas y me tiran al piso. La imagen de mi cielo y el niño se queda congelada en el tiempo. Me siento muy débil y a fin de cuentas ya prefería morir de una vez por todas y no seguir sintiendo más dolor.

La calle está muy sola. Me ponen de rodillas con las manos en la parte trasera de la cabeza. Alguien se pone de frente y saca una pistola que acerca lentamente sobre mi cabeza. Levanto la mirada solo para ver por última vez el cielo. De pronto, la persona de al lado pronuncia mi nombre con un tono de sorpresa. Mis ojos aún débiles intentan mirarlo. Era el otro sicario. Sí, el sicario, el hermano de mi cielo, el policía, al que habían mandado a matarme.

Aún podré estar con mi Cielo y mi niño.

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